Volver al “tiempo” de los adultos después de ser mamá

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Por Anita Musale

Madre de una niña. Psiquiatra de adultos .Diplomada en psicoterapia

Asesora de Lactancia Prolactar España. 

Después de 11 meses y 8 días he vuelto a ponerme reloj.

Puede parecer un detalle, algo sin importancia, pero para mí la tiene y
mucha.

Es como un hito, como la marca de que algo cambió, de que nos alejamos
más, una muestra más de como creces tan rápido día a día. Así lo siento, como
que el tiempo cambia otra vez.

Ya perdí la atemporalidad maravillosa de los primeros meses postparto
en que no había horarios definidos de sueño ni de comidas, en que el tiempo se
contaba sólo para que no pasaran más de tres o cuatro horas sin que tomaras
pecho, tu papita. Luego de esos días invernales mágicos de reconocernos,
olernos y dormirnos, de mirar por la ventana llover sobre los autos, tan
ajenas, desde tan lejos, tan arriba, tan exquisitamente solas en nuestra
intimidad, aparecieron los aromas primaverales, 
aumentaron las salidas y aparecieron las comidas y mi dificultad para
seguir un orden, tener horarios más o menos estables de siestas, comidas y
papitas.

Ahora que ya empecé a trabajar, ni decir cómo ha costado, reconocer que
para mí es un gran esfuerzo, que tú no pides ni eres de rutinas tampoco, y que
parece que en eso nos parecemos, no vienen en tu ADN los horarios y las rutinas
establecidas.

Pero aquí vamos, hemos sobrevivido, nos hemos adaptado, todavía me
siguen las culpas, porque me siguen persiguiendo los olvidos de algunas papas,
de mamaderas con agua antes de salir, de que se hizo tarde y lo dejamos para la
vuelta, de compromisos justo a la hora de tu siesta, y tú ahí despierta con tus
ojos de luz, observadora,  balbuceando y
alegre apañando.

Hasta ahora ha sido así, viendo la hora en el celular silenciado, a
veces cuando lo tengo al lado…

Ponerme el reloj en la muñeca, aunque en estos dos días ni lo he
mirado, es como volver al pasado, a antes de que llegaras, a la esclavitud de
la hora para afuera, para otras cosas, otros compromisos , otras personas y no
para saber solamente a qué hora te dormiste o calcular cuánto rato ha pasado
desde que almorzaste porque tal vez puedes querer una papa.

El reloj en la muñeca es salir de nuestra pieza nido y cueva, es como
salir a la calle que miraba desde lejos y quedar expuesta, desnuda y sin
paraguas, es luchar para que sigas siendo mi prioridad y eso me cansa.

Estoy segura de que las secuelas de las noches sin dormir y el
cansancio de los esfuerzos físicos , sería menos pesados si estuviera cien por
ciento disponible para ti.

Me pesa el reloj, me pesa el trabajo, que me encanta y disfruto, pero
me consume horas, minutos y días tuyos. Me pesa la idea de ser enjuiciada
porque piensan que me quejo de más, que soy tan afortunada, que  sería bueno que trabajara un poco más, cuando
yo todo el tiempo quisiera que fuera un poco menos y más tiempo contigo.

No sé si volveré a usar reloj, tal vez si, tal vez  algunos días, algunas veces…

Tan atrás quedaron los días en que lo veía como una alhaja más y los
vitrineaba, teniendo varios más que uno para combinar.

Acá tengo puesto mi reloj compañero de viajes y otros tiempos, viejo y
rallado, harto ha acompañado silencioso, implacable porque va mostrando cómo se
pasan los minutos, los días y los años. Me parece que ya no  quiero su compañía, ya no quiero su presión.

Estamos a punto de cumplir un año hija mía, un año de hija, un año de
madre, un año las dos,  se supone que
está por completarse la exterogestación y tal vez tú ya estás lista mi pequeña
gigante, seguro lo estás, lo veo, lo intuyo!, pero yo no lo estoy.

Acerca del autor

Equipo de columnistas y colaboradores ocasionales de Mamadre.cl