Vínculo de Apego: Primer lazo de amor

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Por Ps. María José Gasc 

De todos los mamíferos, los seres humanos somos los que nacemos con el cerebro más inmaduro del reino animal. Nacemos con menos de un 30% del desarrollo cerebral adulto.

Esto quiere decir que somos tremendamente inmaduros para poder sobrevivir solos, necesitamos que otro asegure nuestra supervivencia. No así la mayoría de los otros mamíferos, los cuales logran hacer funciones autónomas a las horas o días de nacidos; por ejemplo el caballo cuando nace, se demora un par de horas en ponerse de pié y poder caminar, en cambio nosotros nos demoramos más de un año y medio en lograr una marcha autónoma.

El 70% restante del desarrollo de nuestro cerebro va a depender de quién nos cuida y donde nacemos. Es decir, el lugar, las personas y las formas que tengan éstas de prestarnos los cuidados que vayamos necesitando a lo largo de nuestros primero años de vida.

Debido a esta naturaleza inmadura, es que surge la necesidad en el ser humano, de “Apegarse” a quien lo cuida.

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El Vínculo de Apego, tiene como principal característica la búsqueda de la proximidad con un otro significativo para poder sobrevivir, aprender, jugar, pero sobre todo ser regulado ante situaciones de estrés, ya que nuestro cerebro inmaduro no lo puede hacer por sí mismo.

Es en este espacio, el vínculo de apego, donde el cerebro emocional del bebé humano se comienza a construir y pulir en base a una estructura que será, mas tarde, la base para establecer nuevos vínculos afectivos.

Para que esos vínculos sean sanos y seguros, al igual que nosotros,  necesitamos haber experimentado que nuestro cuidador o cuidadores principales hayan sido capaces de leer nuestras emociones, sensibilizar con nuestro sentir, atender a nuestras necesidades (hambre, frío, miedo, afecto, “calor de madre/padre”) lo antes posible, ya que de esta manera habrán sembrado en nuestro cerebro, que podemos contar y confiar en los demás, de la misma manera en que lo hicimos con Mamá y Papá.

Los últimos estudios en Neurociencias muestran la innata capacidad del ser humano desde que es recién nacido, para poder sentir múltiples estados afectivos así como también percibir los estados afectivos de los otros, en especial las emociones de los adultos que están a su cargo, sin embargo no sabe identificar lo que le pasa, así como tampoco es capaz de regular (calmar) los estados afectivos que le generan desagrado (como la pena, el enojo, miedo, etc.), ya que las estructuras cerebrales encargadas de las funciones de dichos mecanismos, están tremendamente inmaduras, entonces, es ahí donde entra en juego una de las más importantes tareas y desafíos que tiene el cuidador; regular, calmar y contener esos estados de displacer, para que el cerebro del bebé vuelva a un estado de tranquilidad.

Entendemos “estrés” como cualquier emoción de desagrado, que nos saca de un estado de tranquilidad, lo cual nos puede ocurrir a lo largo de todo el ciclo vital en diversos contextos y en respuesta a distintos estímulos.

El cerebro, al percibir una amenaza (miedo, hambre, frío, pena, abandono, etc.) envía una señal al organismo donde se activan una serie de mecanismos que prepara a nuestro cuerpo para la acción, poder enfrentar la amenaza de manera efectiva y así sobrevivir; por ejemplo, si estamos en la selva, y sentimos el rugido de un felino que cada vez se siente más cerca, nuestro cerebro enviará una señal en respuesta a ese estímulo para que todo nuestro cuerpo se disponga a responder de la mejor forma posible, en este caso, desviando toda la energía que hay en nuestros intestinos y otros órganos hacia nuestros músculos para así poder arrancar. También estaremos más atentos, con los ojos abiertos y prestando especial atención al ruido que nos hizo escapar.

Una vez que nuestro cerebro percibe que la amenaza se ha ido, es capaz de volver a un estado de tranquilidad.

Cuando un/a bebé percibe una amenaza, de la misma manera que los adultos, envía una señal para poder actuar ante dicha amenaza. Ahora, ¿Qué ocurre en ellos?, ¿Qué los hace distintos a nosotros?

En un cerebro inmaduro, aún en formación, con estructuras inmaduras y pocas herramientas (no hay lenguaje verbal, no hay marcha autónoma, etc.) donde tampoco existe la capacidad de auto regular el propio estrés, urge la necesidad de que sea otro quien pueda responder por mí. Alguien que “nombre” eso que está pasando, alguien que pueda contenerme mientras estoy estresado y sobre todo, alguien que pueda dar solución a “eso” que me esta pasando.

Volvamos al ejemplo de la selva. Un bebé siente un ruido fuerte que lo asusta muchísimo, al punto de que éste rompe en un llanto intenso, donde no sabe qué es ese ruido, que significa ese ruido, qué es lo que le pasa a él con ese ruido y peor aún, no sabe qué va a pasar.

En ese caso, la única posibilidad de sobrevivir para ese bebé, es que, quien lo está cuidando (generalmente la madre), lo tome en brazos y corra hacia un lugar seguro, escapando del felino y asegurando llegar a un lugar donde ninguno de los dos sea devorado, a continuación, con el fin de asegurar la sobre vida, la madre o cuidador, buscará formas de calmar el llanto del bebé, mostrando (intencionalmente o no) que ya no hay peligro.

En el ejemplo anterior, el cerebro inmaduro de ese bebé, quedará marcado con una huella en su memoria a nivel inconsciente; “Cuando tuve miedo, algo hicieron… y ese “algo” calmó mi sensación de terror…”

Si el mismo bebé, vuelve a experimentar situaciones similares, donde sus cuidadores sean capaces de responder de manera efectiva (responder a la necesidad, calmar la sensación de estrés y volver a la tranquilidad), esa huella será cada vez más pronunciada, dejando en la “Memoria Implícita” básicamente dos cosas; (1) Cuando algo malo me pasa, puedo confiar que mamá – papá lo van a resolver… ya que así lo han hecho otras veces y (2) Parece que cuando escucho ese ruido extraño que tanto susto me da… lo que hay que hacer, es buscar un lugar seguro y tranquilo, libre de peligro y ahí puedo volver a estar tranquilo, ya que sé que nada malo va a pasar.

¿Por qué sabemos qué ropa llevar cuando nos vamos de vacaciones a un lugar templado?, porque la experiencia nos dice, que en los lugares donde hay calor es mejor usar ropa ligera.

El bebé de la selva, cuando sea un adolescente y sienta el ruido de una serpiente, felino o cualquier animal que le parezca amenazante, tomará en brazos a su hija y la llevará, probablemente al mismo lugar o uno muy parecido al que su madre lo llevó todas esas veces cuando él era bebé.

IMG_0309Ahora bien, qué sucede con un bebé o un niño/a que siente estrés en el día a día. Con situaciones cotidianas, que muchas veces a nosotros como cuidadores nos parecen triviales.

Pensemos en un niño/a de un año; que después de un paseo por la plaza con su mamá, ella amorosa le compra un helado. Él, contento, comienza a disfrutar su helado, tomándolo por todos lados, manchando su ropa y toda su carita, incluso el pelo. Este niño está gozando la sensación sensorial de sentir una textura suave, fría y con rico sabor en una zona que le genera placer; su boca.

De repente, producto de su inmadurez a nivel motriz, su helado se resbala entre sus manos y cae al suelo. Lo primero que trata de hacer este niño (sin conocer lo que son las bacterias, la suciedad y múltiples microbios que pueden estar en el suelo) se agacha para recoger su helado.  Mamá, preocupada y con la aprensión clásica de muchas madres, le dice “Pedrito, NO lo recojas! Esta cochino, es caca”… y en ese momento Pedrito entra en llanto y mucha rabia. Mamá le dice “Pedrito, es que está cochino! Además mira como estás todo sucio, mejor vamos a la casa ya?” (todo esto mientras lo toma en brazos)… en este punto los niveles de estrés de Pedrito se elevan y nublan la mente de él, y comienza una clásica pataleta, con manotazos, llanto, ojos cerrados y movimientos bruscos tratando de bajarse de los brazos de Mamá para volver a recoger su helado.

El cerebro de un niño/a de un año, no entiende aún la lógica con la que razonamos los adultos. Ellos/as tienen un pensamiento inmaduro, y las estructuras cerebrales encargadas de razonar aún están en formación, además recordemos que cuando el cerebro se estresa desvía toda la energía para poder resolver aquello con lo que nos sentimos amenazados; por lo tanto Pedrito es incapaz ni si quiera de escuchar, ya que sus niveles de Cortisol (hormona del estrés) está bloqueando todo. Pedrito está estresado y frustrado.

Entonces, Mamá de repente decide bajar a Pedrito y ponerse a la altura de sus ojos, mirarlo y verbalizar lo que le está pasando; “Hijo, me imagino que te da mucha rabia no recoger tu helado! A mi también me daría mucha Rabia”… si embargo Pedrito sigue con pena, hasta que Mamá decide distraerlo; “Pedrito, mi amor, se que tienes rabia, pero el helado esta cochino y comerlo te puede doler la guatita! Te parece que en el auto vayamos escuchando esa canción que tanto te gusta? Y la podemos poner una y otra vez!… haber, como era??… Una cuncuna amarilla, debajo de un hongo vivía…” y de repente, sin más, Pedrito deja de llorar y mira la boca de su Mamá mientras ella le canta. Mamá lo invita a ir a la casa y el cede.

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En el escenario anterior, Mamá dice varias veces la palabra “rabia”; esto queda como una huella en el cerebro sobre lo que pasó; es decir, “eso que me pasaba se llama RABIA”.
Mamá baja a la altura de su hijo, tomando una postura de empatía y no autoridad, sumado a las palabras que reafirman su empatía diciendo que ella también se sentiría así; En el cerebro de su hijo queda guardada la primera huella sobre lo que sería ponerse en el lugar del otro.

Finalmente, Mamá decide distraer a Pedrito del foco de su estrés, ofreciendo otra alternativa (cantar y escuchar su canción favorita); esto tiene como objetivo que el niño sepa a nivel inconsciente, que luego de algo malo, puede venir algo bueno.

Mamá y/o Papá, repiten esto como patrón de cuidado y regulación en Pedrito, entendiendo que la caída de un helado, pensar que hay un monstruo debajo de la cama, no querer comer (porque no le gustó la comida ó porque estaba incubando un virus), querer dormir acompañado, puede ser lo suficientemente estresante para un/a bebé y niño/a, que requiera de la ayuda de otro para volver a la calma.

Cuando digo patrón, quiero decir que es lo que la mayoría de las veces se hace en respuesta al estrés (todos nos equivocamos en la crianza y lo que deja huella, es aquello que se transforma en un patrón constante y repetitivo); por ejemplo, si llueve un par de veces en Enero, eso no va a cambiar nuestra percepción de que en ese mes hace calor, ya que año tras año hemos visto y experimentado la sensación de calor y días soleados en ese mes. Con el Vínculo de Apego ocurre lo mismo.

¿Qué va a ocurrir en Pedrito a nivel de desarrollo Socio Emocional? Lo más seguro, es que Pedrito haya internalizado todo lo que mencionamos anteriormente, pero además, sabrá de qué manera él puede salir de estados de estrés cuando sea mas grande. Podrá usar estrategias como salir a caminar para “distraerse” o incluso escuchar, cantar, pensar en una canción que le genera paz.

¿Pero cómo?; sigamos… Pedrito ahora es un adolescente y le entregan una mala nota en un examen del colegio. En el cerebro de Pedrito (específicamente en su memoria implícita) él sabe que puede contar con Mamá y Papá ya que así ha sido siempre. Por lo tanto Pedrito actúa mas o menos así; “Hay que RABIA que me da esta nota! Yo que estudié tanto… mmm quizás mejor para la próxima pido ayuda… hay pero que rabia…”

Pedrito, sin darse cuenta, comienza a caminar y saca de su bolsillo su celular y llama a su Mamá para contarle sobre lo sucedido. Él la escucha atentamente, corta la llamada y se va a un quiosco a comprar una bebida mientras, sin darse cuenta se pone a tararear la canción que escuchó en la mañana antes de irse al colegio.

Los Bebés y Niños, al igual que nosotros se estresan, por factores externos (ejemplo del helado) o internos (cólicos, fiebre, frío, etc.) y son incapaces de manejar esos estados por si mismos y volver a la calma. Es por eso que necesitan de nosotros, para así poder aprender estrategias de autorregulación para próximos eventos estresantes y también poder vincularse de manera sana y empática con los demás, confiar en ellos, saber reconocer los propios estados emocionales y los de los demás, así poder actuar de una manera efectiva, sana, reparadora y respetuosa, con ellos mismos y con los demás.

¿Pero qué pasa si hay veces que nos vemos superados, cansados, sin paciencia frente a una pataleta o llanto intenso?… debemos aprender a pedir ayuda y recordar que “tenemos permiso” para equivocarnos algunas veces… y así lo haremos, somos humanos (más maduros que nuestros hijos) pero con historia, sombras y luces.

Nuestros niños/as no necesitan madres perfectas; necesitan cuidadores que sean capaces de ajustarse a sus necesidades, de manera respetuosa y cariñosa… la mayoría de las veces.

 

María José Gasc
Mamá y Psicologa
Formación en Parentalidad Positiva, Apego y Salud Mental Infantil
www.apegocrianza.cl 

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Acerca del autor

Psicologa Universidad del Desarrollo Formación en; Parentalidad Positiva, Apego y Salud Mental Infantil. Certificada en técnica de Intervención de Video feedback modelo ODISEA Consulta Particular (Viña y Santiago) y Talleres www.apegocrianza.cl

2 comentarios

  1. Te pasaste!!! Que util el articulo. No sabes cuanto me sirve para no caer en errores que me doy cuenta ahora cayo mi mama.
    que fuerte darse cuenta de estas cosas.

  2. Carolina! El cerebro del los niños tiene la maravilla de ser plástico! En otras palabras podemos moldear y sobre todo REPARAR nuestros errores!
    Que suerte tiene tu hijo de que tomes conciencia sobre tu historia y amorosamente quieras criarlo con respeto y amor!
    Siempre nos vamos a equivocar! Pero insisto, lo que marca y deja “huella” es lo que hacemos la mayoría de las veces!
    Te abrazo fuerte
    MJose

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