Tratan a niño de “putito” por jugar a pintarse las uñas con su papá

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Hoy leí una publicación de un padre que contaba que le pintaba las uñas a su hijo de 5 años porque este se lo pedía. Y también dejaba que su hijo se las pintara de distintos colores porque era un juego de lo más entretenido para ambos.

Por Susana Arredondo

Se lamentaba también este papá de que tras volver del colegio, su hijo se sentía avergonzado de sus uñas, porque los demás niños se burlaban de que tuviera las uñas así y lo trataban de niñita.

Su llamado era a no dejar, como adultos, que los prejuicios nos consuman (y mucho menos heredar esto a nuestros hijos).

En la publicación, encontré el comentario de una mujer (en cuya foto de perfil aparecía con una pequeña niña), que trataba al niño de “putito” y sindicaba a los padres como autores del bullying que su propio hijo recibía, por no saber distinguir entre lo que “corresponde” a cada género. Llamaba “putito” a un niño de 5 años.

Como madre, mujer y ser humano me sentí tremendamente agredida con la carga de prejuicios de esa mujer y de todo lo que su comentario representa.

Tengo un hijo de 4 años que disfruta de imitarme, y sí, eso incluye ponerse mis relojes, mis pulseras y pedirme que le pinte las uñas cuando me ve pintándomelas. ¿Y saben? Lo que le hace querer imitar lo que hago y lo que disfruto hacer no tiene absolutamente nada que ver con géneros ni con estereotipos, sino con el profundo amor y admiración que siente por su figura de apego.

Y sentí miedo. Sentí miedo del bullying que él puede llegar a recibir por causa de vivir su inocencia en plenitud. Sentí miedo del odio que como adultos transmitimos a los más pequeños a través de nuestros prejuicios. Sentí miedo de que, en un futuro, el odio lo arrebate de mis brazos, como lo ha hecho con tantos niños víctimas de ese odio, que llega a ellos a través de “simples opiniones”.

Tener derecho a opinión jamás debiese atentar contra el derecho de ser quienes somos
Tener derecho a opinión no debería ir con una carga de odio.
Somos más de siete mil millones de personas en el mundo. Por favor, acepta y entiende que hay quienes serán felices de manera distinta y que mientras eso no dañe a otros, estará bien. 

Dejemos que los niños sean niños

Y sobre todo, si eres padre o madre, enséñale a tu hijo o hija a no juzgar. Mi enano ama los automóviles, mis pulseras y armar rompecabezas.

No tengo claridad aún sobre la identidad de mi hijo, pero tengo claro que no importa cuánto presione en una dirección: será su identidad real la que aflore y nada de eso será castigo ni condena, sino él y sólo él, eligiendo para sí mismo y su felicidad.

Por ahora, seguirá siendo el enano chileno que vive en gringolandia y va a un jardín musulmán donde aprende a hacer oraciones que practica en casa (con individuales de mesa xD).

Por ahora, creo que todo lo que estoy haciendo es permitirle rodearse de un mundo de diversidad en los más variados ámbitos posibles, y que la acepte y la abrace tal y como se presenta ante él.

Acerca del autor

Equipo de columnistas y colaboradores ocasionales de Mamadre.cl