¿Time out para los padres? 5 formas para regular tus emociones

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POR: PS. AGUSTINA BOSIO

Hay mucho escrito sobre las emociones de los niños. Desde una mirada respetuosa de la infancia las validaremos, las aceptaremos, no las reprimiremos e intentaremos ser entes reguladores y modelos de la expresión adecuada de una emoción. Podemos aprender sobre el manejo de las pataletas o berrinches. Si nuestro hijo de dos años estalla ante la más mínima frustración, es normal, lo sabemos. Procuraremos bajar a su altura, y con la mayor calma posible ofrecerle ayuda, decirle que lo amamos y que estaremos cerca a su disposición para cuando quiera abrazarnos. Si nuestro hijo de 4 años nos dice que somos mal@s o fe@s porque no lo dejamos caminar descalzo en la nieve, igual, bajamos a su altura, con la calma que el universo pueda darnos, empatizamos con su emoción, le explicamos porque hacemos lo que hacemos y que insultarnos no es una buena manera de comunicarse, ofrecemos alternativas de solución. Lo más probable es que nuestro hijo insista y repitamos la operación una y otra vez.

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Pero qué pasa con nosotros cuando esto ocurre? Qué pasa con nuestras emociones? Porque si hay algo que nos queda claro es que la pa-maternidad no nos convierte en monjes budistas automáticamente, que leer a Carlos González y Rosa Jové nos ayuda muchísimo en la tarea de entender a nuestros hijos/as y sus necesidades, pero no nos da la clave para regular nuestras emociones cuando sentimos que llegamos a nuestro límite.
Es que los padres somos personas también. Personas que tenemos una historia, que tuvimos unos padres que no siempre validaron y aceptaron nuestras emociones. Vivimos en una sociedad que nos insta a mostrar las que se ven bonitas como la alegría o la sorpresa, y nos sugiere ocultar aquellas que incomodan como la rabia o la pena. “Qué terrible, hoy lloré frente a mi jefe” o “Me dio una rabia enorme lo que ese tipo me hizo, pero me la tragué y seguí adelante no más”. Es cosa de ver las fotos en Facebook de nuestros amigos. La mayor parte de las veces estarán riendo, de fiesta, viajando, comiendo, recibiendo regalos, apagando velitas, abrazando a alguien. No he visto ninguna foto ni vídeo de un amigo en el funeral de su padre, con la pena a flor de piel. No he visto ninguna foto de alguna amiga comiéndose las uñas en la sala de espera de un hospital. Esas cosas no se muestran.
Entonces no es tan sorprendente que nos cueste tanto gestionar nuestras emociones para así poder ayudar a nuestros hijos a gestionar las de ellos/as y que nos encontremos sobrepasados, colapsando, cuando nos toca mirar la rabia, la pena o el miedo en su expresión más pura, sin filtro.
Es por eso que intento en este breve listado ofrecer un par de ideas para regular nuestras emociones cuando ellos nos necesitan calmados:

  • Repetir un mantra: un mantra es un conjunto de palabras o sonidos que se repite mecánicamente con el objetivo de despejar la mente de otros pensamientos. El más conocido es el “OM”, al cual se le ha otorgado la capacidad de calmar y relajar por la forma en que nuestro cuerpo vibra al pronunciarlo. Pero no tiene que ser necesariamente un mantra en Sanscrito, aunque sea una frase que tenga sentido para nosotros lo importante es repetirla sin detenerse en su significado. Yo solía repetir “Él es el niño, yo el adulto” o “Conexión antes que corrección”, cuando me veía en situaciones estresantes con mis hijos.
  • Respirar: sabemos que una buena respiración profunda nos ayuda a calmarnos. Hacernos conscientes de nuestra respiración y utilizar ciertas técnicas puede ser de utilidad para conectarnos con emociones más tranquilas y salir del enojo. Inhalar profundamente por la nariz, inflando el estómago, llenando nuestros pulmones y luego exhalando lentamente por la boca sintiendo como se vacían. Repetir varias veces.
  • Prevenir las situaciones de tensión: si sabemos que la hora de levantarse (por ejemplo) siempre nos deja con un sabor amargo, por el apuro, por el sueño, por todas las cosas que hay que hacer para llegar a tiempo al colegio/jardín/trabajo, dejemos algo listo desde la noche anterior. En mi caso la media hora que tengo entre que terminamos de almorzar y todos nos vamos a nuestras respectivas actividades es del terror y me estresa mucho, es mi hora del colapso. Muchas veces hay que preparar mochilas, vestir y abrigar a los niños, arreglarme un poco yo y salir. Claramente no funciona. Siempre terminaba con alguna amenaza transformada en consecuencia “si no te pones los zapatos ahora, no llegaremos a tiempo al jardín y te quedaras aburrido en casa”. Otras tantas en persecuciones por toda la casa para poner un calcetín. Pésimo. Aceptar que da lo mismo si llegan manchados de comida al jardín, hizo que prefiera hacer la parte de vestir mucho más temprano en la mañana y que solo queden las chaquetas y los zapatos al final (mis hijos andan descalzos en la casa).
  • Time out (para nosotros): tomarnos un tiempo fuera. Reconocer que esto ya ha sido mucho para nosotros y salir de la escena por un par de minutos. Lo ideal es que podamos dejar a otro adulto a cargo mientras nos vamos, pero si no es posible, asegurarnos de que es seguro dejar al niño por un momento y retirarnos por un momento. Lavarse la cara, tomar un vaso de agua, prender la ducha y gritar un poco, hacer lo que sea que siento que me va a calmar. Y luego de un tiempo (cortito) volver con otra energía a ayudar a nuestro hijo/a. Es importante reconocer que la desregulación del niño es normal, es de la mía de la que tengo que hacerme cargo antes para poder acompañarlo mejor. Si no me puedo calmar seguramente terminaré haciendo algo de lo que me arrepentiré después.
  • Profundizar en aquello que me pasa cuando pierdo la calma: muchas veces nos cuesta detenernos a pensar o sentir, qué hay detrás de mi rabia o de mi colapso. Esto no podemos hacerlo en el minuto tenso, pero si después, quizás hasta con ayuda. Ahondar en mi propia historia, en mi relación con las emociones a lo largo de la vida, en cómo mis padres reaccionaban cuando yo sentía estas emociones, en qué ocurría cuando hacíamos lo mismo que nuestros hijos están haciendo ahora, me ayudará a conocerme y entenderme mejor, incluso a aceptarme más y a manejar desde otro lugar lo que me está pasando. Darle luz a mis propias sombras, reconocer que están y que son parte de mí, adquirir herramientas para ayudarme y contenerme o buscar contención en alguien más, es tan importante como saber sobre el momento que atraviesa mi hij@. Para poder acompañarlo en su desarrollo, desde el amor y el respeto, primero me tengo que amar y respetar a mi mismo, y eso parte por reconocer mis emociones, escucharlas, validarlas y acogerlas, para poder desde ahí, regularlas.

 

Agustina Bosio
Mamá de 2
Psicóloga Clínica
facebook: crianza amorosa

Acerca del autor

Mamá de dos cachorros, psicóloga y bloggera. Extranjera viviendo en Chile, en pareja con Sebastián. Niña de pueblo viviendo en una ciudad, encontrando y desencontrándose con la mujer que hoy es.

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