Ser padre no es sólo ser el proveedor material

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Eran los últimos días de febrero del año 2012. Lucía y yo nos casaríamos en octubre del mismo año, invitando a todos nuestros círculos, disfrutaríamos de una fiesta inolvidable y una luna de miel apoteósica en Buenos Aires.

Sin embargo, el 1 de marzo tuve la sorpresa de mi vida, recibiendo la noticia más maravillosa que había tenido durante mis en ese entonces 28 años. Dos pequeñas líneas en un test más un examen de sangre casi desesperado confirmaron que Lucía tenía aproximadamente 1 mes y medio de embarazo.

De ahí en adelante todo cambió. Aquel matrimonio soñado se convirtió en una sencilla ceremonia, en compañía de nuestros seres más queridos. Todo se convirtió en alegría e ilusión. Disfrutábamos informándonos acerca del crecimiento y vida uterina de nuestro bebé y de verlo en las ecografías.

Y a diferencia de lo que muchos dicen, yo me sentí como un PADRE desde el momento que supe que nuestro bebé acababa de darnos el primer aviso de existencia.  Yo estaba solamente preocupado de la comodidad, salud y bienestar de Lucía, y de preparar todo para que nuestro bebé llegara en las condiciones que merecía. De ahí en adelante sentí una responsabilidad gigantesca, pero a la vez maravillosa: En unos meses más ¡yo iba a ser papá! Cobijaría en mis enormes brazos a un pequeño e indefenso bebé, fruto del amor entre Lucia y yo.

Qué cosa tan bella, estaba yo entrando en un mundo totalmente desconocido, pues nadie nace sabiendo cómo ser padre. Sin embargo tengo la fortuna de tener a mi papá vivo y sano, con una relación estrechísima. Esto me ha permitido tener un referente de buen padre, tomando los conceptos y consejos más importantes.

Como “buen” padre, yo intenté siempre proteger con mi vida a mi mujer y nuestra pequeña criaturita, dándoles lo mejor y alejándolas de cualquier amenaza. Este nuevo rol me hacía sentir más grande, más feliz. Aún y considerando la enorme responsabilidad que tenía por delante, y la montaña de sorpresas que el futuro me esperaba.

Finalmente, llegó el gran día. El 16 de octubre del 2012 sin lugar a dudas es recordado como el día más hermoso de nuestras vidas. Yo, como padre presente desde el primer momento, estuve también en el parto junto a mi valiente mujer, al pie del cañón. Y a las 18:41 horas, paralizado de la emoción, veía salir a mi princesita Aurora desde lo más profundo de su madre.

Desde aquel momento en adelante, todo fue luz y alegría. Aurora llegó a nuestras vidas a iluminarnos, mostrarnos el verdadero valor de la vida y la expresión extrema del amor, y también a enseñarnos muchas otras cosas. Entre ellas la increíble cantidad de trivialidades que uno estaba acostumbrado a preocuparse, pues ella nos enseñó que lo más importante en la vida son valores como el amor, el respeto, la unión de la familia y el querer salir adelante ante cualquier situación.

Cada día que pasa amo más a mi hija, y me maravillo a diario con su belleza, las caricias de sus pequeñas manos, sus juegos, sus gestos, sus “palabras” y su inteligencia sin precedentes. Cada día me doy cuenta que no puedo vivir sin ella, y lo afortunado que soy en poder ser parte de su desarrollo diario. Y darme cuenta también lo feliz que me hace ser un padre presente.

Porque ser padre no es ser sólo un proveedor material y jugar un rato durante las tardes del fin de semana. Ser padre es algo que trasciende mucho más allá. Es estar involucrado en el crecimiento del hijo, amarlo incondicionalmente, respetarlo, educarlo y enseñarle a ser una persona de bien, estar presente en todas las etapas de su crecimiento, impulsándolo y potenciándolo a que se desarrolle de la mejor manera, para que en el futuro sea capaz de transmitir estos valores a sus hijos.

No soy quién para enseñarle a otros hombres a cómo ser padre, ni tampoco para ser una referencia válida. Yo soy feliz y satisfecho de ver a mi hija riendo y creciendo, viviendo a concho todas sus etapas y aprendiendo cada día más. Creo, al menos, ir en buen camino.

Si hay algo de que estoy seguro, mediante Dios que me dé vida y salud, es que estaré siempre con mi hija a medida que crece, disfrutando de cada una de sus edades, educándola y preparándola a enfrentar el mundo y tomar la vida como un tránsito maravilloso. Sé que cuando ella tenga 15 años más de alguna vez me odiará, pero ella es tan inteligente para entender que todo lo haré por amor a ella, para proteger con la vida lo más sagrado que un padre puede tener.

Hija, tengo el orgullo de ser el primer hombre que te ha amado en la vida, y que te amará como ningún otro hombre podrá hacerlo, hasta más allá de la eternidad. Y te protegeré ante cualquier adversidad en toda vida, dando hasta la última gota de mi sangre.

Acerca del autor

Equipo de columnistas y colaboradores ocasionales de Mamadre.cl

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