Sanando la relación con mi madre al convertirme en madre

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Convertirse en madre supone un cambio ciertamente intenso en nuestras vidas. Los cambios de rutina, prioridades, gustos y preferencias no se hacen esperar. Pero no solamente eso pasa. También cambiamos nuestros paradigmas, algunas un poco antes que otras, pero todas en determinado momento concientizan las nuevas “yo” que emergen de ésta nueva faceta en nuestras vidas que es ser mamá. En muchas incluso, se generan desde pequeños cambios a crisis de identidad, ya que ciertamente hay un cambio en mi autoimagen, y por ende, el poder transformador de la maternidad implica conciliar ésta nueva autoimagen de madre, con todo lo otro que ya soy, que es parte de mi, de mi personalidad y que me hace ser esa persona única y particular.

En éste cambio que nos genera en nuestras vidas, nos conectamos no solo con nuestros bebés, sino que más inconscientemente, con nuestras infancias. Y muchas veces al hablar de infancias lo que más nos remece el día a día son los recuerdos que suscitan de nuestra relación con nuestra madre. Es como si finalmente comprendemos todas las veces que nos dijo “lo hago por tu bien” o “sé que te duele, a mi también me pasó”. Pero también nos remece aquellos momentos en donde la necesitamos y no estuvo, o cuando la sentí violenta conmigo, ausente, fría, ambivalente, maltratadora. Ser mamá nos convierte en niñas nuevamente, con cuerpo de adultas y responsabilidades de adultas. Pero nos revive la niña que fuimos y la vida, en su vereda más optimista, nos invita a sanar aquello que “quedó pendiente”.

Relacionarnos con nuestras madres implica relacionarnos con nuestro femenino, y en ese sentido, la cultura tiende a seguir un modelo más bien patriarcal, donde muchas de nosotras hemos crecido en una sociedad que nos cuestiona, nos sentimos desvalorizadas o incluso humilladas en el ámbito laboral (por poner un ejemplo más gráfico), cosificadas como objeto sexual y sometidas a ciertas expectativas que se tienen de cómo ser una a “buena mujer”, que va más allá de ser madre o no, sino de ser una mujer validada por la sociedad. Hay que ser atractiva, tener cierto tipo más menos de cuerpo, hay que ser inteligente, hay que ser mamá pulpo y hacerlas sola, porque al parecer es mejor mirado esa mamá que hace mil cosas sin ayuda que una que la pide. Como si fuese sinónimo de que no es capaz! Que peso que nos llevamos! Que flaco favor nos ha hecho la igualdad de género en lo laboral…

 

Hoy tenemos la oportunidad, aquí y ahora de sanar el vínculo con tu madre, a curar la herida que te separa de ella y de tu Madre interior, a sanar tus lazos con lo femenino materno.

Te dejo una sencilla meditación de Maureen Murdock que te puede inspirar, y de paso, transformar. Luego de leerla, reflexiona con el texto siguiente. Si te apetece, terminalo con el ritual que dejo al final.

 

Piensa en tu madre.
Conéctate con ella.
Vuelve a nacer de su útero.
Déjate mecer por su tibieza.
Siéntela mujer-hermana-compañera.
Ve su mirada de niña asustada, su rebelión frustrada, su postergación, su sometimiento a una vida dibujada por otros.
Percibe sus deseos acallados, su llanto escondido, su silencio.
Escúchala, entiéndela, recupera su ternura, intégrala a ti misma.
Puedes nombrarla, abrazarla y comprenderla dentro de ti.
Y entonces escribe.
Escribe cinco palabras (o más) que la nombren y curen esa vieja herida.

Si tu madre nunca te ha consolado, con toda probabilidad te será difícil encontrar un verdadero consuelo para el corazón en las relaciones que establezcas con otras personas. Tu labor será crear ese sentido de consuelo para el corazón dentro de ti misma.
Si tu madre nunca se ha compadecido de ti, con toda probabilidad tendrás poca paciencia con tus propios fallos humanos, así como con los de los demás. Tu labor será observar a alguien que practique la compasión, y practicarla tú misma.
Si tu madre silenciaba tu creatividad, tu labor será dar voz a cada impulso creativo que se presente. Pinta, escribe poesía, toca el tambor, cuida las plantas, cocina y baila.
Si tu madre despreciaba o rechazaba su propio cuerpo como mujer, tu labor es abrazar y honrar a tu cuerpo y a tu sexualidad.
Si te sentías abandonada por tu madre por la razón que fuera, incluyendo la depresión o el alcoholismo, tu labor será escuchar a tus sentimientos y nunca abandonarte tú misma.
Si tienes alguna cuestión sin resolver con tu madre y ésta ha muerto o ha quedado emocionalmente incapacitada, puedes escribirle una carta (que guardarás tú o te enviarás a ti misma) en la que expreses tu pena y tu enfado por no tener una madre nutridora, y dile que has llegado a aceptarla y comprenderla como tal y como era. Entonces podrás sentirte agradecida por su presencia en tu vida.
Todas nosotras llevamos encima el peso de nuestra madre por lo que es necesario sanar la ruptura madre/hija tanto si tu madre está viva como si no, para así poder sanar la profunda herida de tu naturaleza femenina. El elemento clave reside en que tú misma te conviertas en una buena madre. Con esa idea en la mente, asume la tarea de ser maternal contigo misma.
Lo sé por experiencia propia, soy una hija del padre cuya madre la rechazaba emocionalmente, y he seguido buscando el cariño maternal que nunca recibí de ella, ya con veinte y treinta años, y tratando de ganar la atención y la aprobación de mentores femeninos mayores que yo, como Polly Mc Vickar y la doctora Jean Houston. También he seguido tendiendo la mano hacia mi madre para comprenderla y aceptarla. En algún momento, en los primeros años de la década de los cuarenta, llegué a un acuerdo con el hecho de que nunca recibiría de mi madre el tipo de guía y amor con los que yo soñaba.
Aunque seguía entablando amistad con mujeres maternales, lloré la pérdida del sueño que tanto anhelaba, acepté la pérdida y la dejé marchar. Mientras escribía este libro, le diagnosticaron a mi madre la enfermedad de Alzheimer; a medida que la enfermedad va avanzando y ella se va haciendo más “infantil” y más inocente, yo me voy convirtiendo en madre de mi mamá.

 

 

Cuando dejes buscar la sanación en una fuente externa a ti, podrás:
– Empezar a cultivar tu propia y única sensibilidad femenina, dejando un lugar para escuchar tus sentimientos y responderles.
– Escuchar a tu cuerpo y respetar sus límites.
– Escuchar a tu intuición y no dejarla atrás.
– Escuchar la voz de tu creatividad y respetar cada uno de los aspectos de ti misma que quieran expresarse en cada momento.
– Velar por tu salud y tomar las decisiones que te enriquezcan.
Al mismo tiempo que vas desarrollando una forma de dar respuesta a tu propia vida interior, puedes dar los pasos necesarios en le mundo exterior haciendo lo siguiente:
– Pon tus sueños en marcha. Por ejemplo, si sueñas que te conviertes en una gran escritora, ve a un cursillo de redacción, haz un hueco en tu horario semanal o diario para escribir, y ¡escribe! Si quieres cambiar de carrera, busca alternativas en la biblioteca o invierte en ti misma acudiendo a un centro especializado.
– Pon manos a la obra: cuida las plantas, date un masaje, haz pan, observa los ciclos de la naturaleza y sé consciente de tus biorritmos y su relación con los ciclos estacionales.
– Cultiva y apoya a tus amistades femeninas.
– Únete a un grupo de mujeres; la sanación se produce en la matriz femenina.
– Visita la biblioteca o la librería y saca libros en los que investigar sobre lo femenino sagrado.
– Participa en el enriquecimiento de tu comunidad.

 

EJERCICIO DE SANACIÓN PARA LA RUPTURA ENTRE MADRE E HIJA

Este rito, ejercicio, se centra en el restablecimiento de la relación que existe entre tu madre y tú (o entre tu hija y tú). Puedes celebrar este rito sola o con un grupo de mujeres que también estén comprometidas en la sanación de su ruptura madre/hija. Si no tienes un grupo de mujeres, pide el apoyo y la presencia de una amiga íntima. Cuando te decidas a celebrar este ritual, no sólo manifiestas la intención de restablecer tu relación con tu madre sino que también te autoinvitas a alinearte con lo que se necesita para sanar la ruptura presente en el interior de tu naturaleza femenina.

Pon un bonito altar de flores, una vela y una imagen o una figura de la Diosa para honrar tu relación con tu madre. Busca una fotografía de tu madre o cualquier objeto que ella te haya dado y que colocarás más tarde, durante el desarrollo del ritual, en el altar. Al empezar el ritual, invoca la guía y la sabiduría de la Madre Diosa.
Tanto si alguna vez te has sentido querida, aceptada, protegida, alimentada y bien recibida por tu madre, como si te has sentido rechazada, abandonada y criticada; tanto si tu madre ha estado presente como ausente, si ha podido tocarte o no, vas a realizar este ritual para honrar a tu madre de forma que llegues a conseguir aceptar, al menos parcialmente, quién es o quién fue en tu vida.
De algún modo, tu madre lo hizo lo mejor que pudo teniendo en cuenta su propio ambiente familiar, el momento histórico que le tocó vivir, su sentido maternal o su carencia del mismo, su salud, su situación económica, estado civil, lo que le estaba socialmente permitido como mujer, y el apoyo que recibió para ser una buena madre, tanto de su esposo como de la cultura a la que perteneció.
Rinde honor a su fuerza, su sabiduría y su capacidad de entendimiento, y agradécele el haber elegido que nacieras. (Puede que en este momento no te sientas con fuerzas para hacerlo, pero de lo que se trata en este momento es de abrir el corazón para que puedas creer que tu madre hizo las cosas lo mejor que supo.) Al realizar este rito vas a curar las heridas de tu madre a la vez que las tuyas, de forma que ya no te vuelva a acompañar la idea de tu madre unida a una sensación de dolor, sino que a partir de ahora puedas empezar a sentir ante esa idea la luz de tu madre.
Piensa qué es lo que necesitas conseguir a través de este rito para mejorar tu relación con tu madre. Por ejemplo, si necesitas comprenderla, perdonarla, sentirte responsable de ella, aceptarla, sacar algún aspecto de ella que ella haya mantenido oculto, llorar su pérdida, dejarla ir, pedirle a ella que te deje marchar…
Coloca el objeto o la fotografía en el altar y ve enunciando en voz alta la línea femenina de tu genealogía. Por ejemplo, yo tendría que decir: “Soy Maureen Elizabeth, nieta de Julia Frances Virginia Dunn, hija de Julia Frances Virginia, hermana de Rosemary Teresa, madre de Heather y Brendan”.
Si otras mujeres toman parte de este rito haz una breve semblanza de tu madre. Después, dirígete directamente a tu madre y cuéntale qué es lo que aprecias de ella. Cuando hayas terminado, enciéndele una vela, bendícela y deja que se vaya.

Ritual y reflexiones del libro de Maureen Murdock “El viaje heroico de la mujer. Etapas y claves del proceso femenino”

 

Pamela Labatut H.
Hija y mamá
Psicóloga Clínica adolescentes y adultos
www.psicologiayflores.cl

 

 

Acerca del autor

Mamá, Psicóloga Clínica - Psicoterapeuta. Terapeuta Floral Acreditada y terapeuta complementaria. Atención individual y parejas. Especialidad en Autoestima-autocuidado, duelo gestacional, maternidad, sueño infantil. Terapias, talleres y círculos de mujeres en Rancagua. www.psicologiayflores.cl

1 comentario

  1. Ohh, pame, q sentido me hizo. Es un temazo en mi . Vamos a aplicar ritual entonces. Gracias

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