¿Para qué sirve poner límites a nuestros hijos?

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En casa tenemos una nueva mascota, una cuye llamada Julia. Mi hija la pidió de regalo para su cumpleaños número 4 y no me pude negar. Junto a su papá, le limpian y ordenan cuidadosamente su casita y dentro de una gran jaula le acomodan alimento y agua. Mirarla el otro día me hizo pensar en la experiencia de estar enjaulado. Podría decir varias cosas respecto a la tenencia de mascotas, pero no es el tema del cual quiero explayarme ahora. La vida de Julia me hizo pensar en los límites de la vida propia, los que existen irremediablemente, los que se imponen voluntariamente, en su presencia en la crianza de nuestros hijos, y en la utilidad de los límites en general.

Los límites…un temón!                                                                                                                                                                        Por todos lados circulan hoy pautas acerca de cómos ser mejores padres, de cómo tener hijos así y evitar tener hijos asá, de crianza respetuosa, de apego, de colecho, de porteo, de normas, de hábitos, y una larga lista de etcéteras. Y si bien dependiendo de nuestra mirada ante la vida algunos enfoques nos puedan hacer sentido, a la hora de enfrentarnos a nuestros niños en momentos de crisis, lo más probable es que lo que domine nuestro actuar sean nuestros modos instantáneos no pensados, moldeados por nuestra propia historia (trabajada o no), el cableado cerebral que se haya construido en nosotros, fruto de nuestra biografía y nuestra biología, y la cantidad de recursos con que contemos en ese momento dependiendo nuestro nivel de estrés propio.

Es por eso que no pretendo dar acá recetas infalibles acerca de este tópico, pero sí ofrecer una instancia de reflexión para un tema que tiene múltiples aristas y que en una columna es imposible mencionarlas todas.

Los límites son parte inevitable de nuestra existencia, desde nuestro nacimiento, y a mi parecer ya hay tantos que la vida nos pone: los límites de tiempo (todos quisiéramos estirarlo más, no?), los límites de espacio, los límites de los recursos, los límites que nos pone nuestro sabio cuerpo, los límites que impone la naturaleza, la geografía, la memoria, nuestra consciencia, nuestras habilidades…

Todos, adultos y niños, debemos lidiar con la frustración cuando nos encontramos con límites en nuestro camino. Y todos vamos aprendiendo de esto mismo. Hay ciertos límites que se van expandiendo a medida que crecemos, vamos conquistando terrenos y superando viejas limitaciones, pero siempre nos encontramos con nuevas.

Y a pesar de que puede ser satisfactorio ir derribando límites, en general todos los necesitamos de algún modo. Los límites protegen, como nuestra piel, aportan seguridad, estabilidad, marcan fronteras, dan cierta predictibilidad que especialmente el niño requiere en su desarrollo. Los límites contienen, evitan el desborde. Y por eso me parece sumamente trascendental reflexionar acerca de qué límites consideraremos importante imponer de manera extra a los que ya naturalmente existen.

Desde mi perspectiva se hace necesario enseñarle a nuestros hijos que existen límites, más que esforzarnos tanto en “ponerlos” nosotros.

¿Cuál es el verdadero rol de los límites en la crianza?

Desde mi visión, básicamente 3:

Proteger: en el sentido de entregarles a los niños un marco dentro del cual pueden explorar con seguridad y confianza, ir conociendo el mundo sin riesgo e incorporarlo de buena manera.

Orientar: en el sentido de marcar coordenadas o señales que irán explícita e implícitamente regulando su actuar para que éste se despliegue del modo más funcional y óptimo posible, desarrollando sus potencialidades al máximo.

Ayudar a nuestros niños a adaptarse: a vivir en sociedad, a incorporar pautas y valores que son importantes dentro de nuestro sistema familiar y cultural y que les permitirán construir relaciones satisfactorias y mutuamente nutritivas con los demás.

Escuché hace un tiempo a una conocida y mediática psicóloga afirmando que hoy los padres han perdido toda conciencia del concepto de autoridad en la educación de los niños. No concuerdo en la intención que ella pretendía comunicar (alertar que hoy se ejerce una paternidad muy permisiva, en que los padres le tienen miedo a sus hijos que actuarían como unos tiranos maléficos), pero sí en el fondo de esta aseveración: en que veo que a muchos padres (me incluyo) criados, educados, formados y post-formados en un modelo paternalista, vertical y homogeneizante, nos cuesta dejar de lado el ejercicio de la autoridad para enseñar límites a nuestros hijos. Y nos cuesta ejercer la autoridad de una manera no autoritaria.

No estoy insinuando que la autoridad nunca deba utilizarse. La familia debe tener una estructura en que los adultos son los que marcan el camino, los padres o figuras paternantes son efectivamente quienes tienen la autoridad, más que por ser adultos, por tener la experiencia e idealmente la madurez. El niño necesita tener la certeza de que “papá sabe”. Es nuestra obligación de cuidadores responsables hacernos cargo de esto. El tema es cómo, cuándo y cuánto hacemos uso de la autoridad en la relación con nuestros hijos.

Es que si nos vamos a los límites importantes, los innegociables, tal como menciona el psicólogo Alberto Soler, que serían los relativos a la seguridad de nuestros hijos , a su salud y el respeto hacia los demás, me pasa que me cabe la duda si la mejor manera de enseñar ciertas cualidades que todos queremos que nuestros niños aprendan (empatía, cariño, consideración por el otro) sea desde la autoridad, al menos desde un modelo dictador e imperativo.

¿Aprenderá mi hijo a respetar a otros a través de sanciones u otras medidas punitivas?

Pues claro! A mí los castigos me enseñaron bastante, y fui siempre bien portadita y respetuosa, pero me pregunto en qué medida el susto al reto o a la sanción, o el temor a desilusionar a mis padres habrá sido un pilar regulador en mi conducta.

Yo intento retar poco a mis hijas, pero aún así lo he hecho más de lo que quisiera. Y he visto en muchos niños lo efectivo que es mandar a la pieza o alguna silla de pensar. Es un sistema tentador el del castigo, porque realmente funciona. Así como funcionan también muchas otras medidas de control de masas. Todos hemos escuchado de líderes que abusan de su poder a través de infundir miedo y penalizar de manera humillante a quienes no los acaten.

Y si bien muchos niños son capaces de internalizar límites y normas de comportamiento a través de medidas punitivas, pienso que para muchos es “pan para hoy, hambre para mañana”. Porque efectivamente habrá un logro en regulación de conducta, pero no desde haber hecho un proceso comprensivo de las circunstancias, sino desde un condicionamiento, “si me porto bien me premian, si me porto mal me castigan” o desde el miedo, que es peor. Y a largo plazo se sabe que el niño aprende mejor desde la comprensión de la norma y de sus consecuencias naturales, más que desde su imposición y consecuencias creadas. El castigo es poco eficaz para que el niño aprenda, más allá de que sea muy eficiente para mantenerlos bajo control.

Querámoslo o no, e incluso aunque nos consideremos las personas más relajadas y permisivas del mundo, sí o sí seremos una autoridad en la cabeza de nuestros niños, somos para ellos un referente, un espejo donde buscarán aprobación, por lo que mi visión principal es que el ejemplo cotidiano que damos los padres es lejos la medida más contundente para enseñar buenos modales a los niños. Y como no siempre nos comportamos de modo ejemplar, también me parece relevante la posibilidad de reconocer cuando nos hemos equivocado, estar dispuestos a reparar con humildad y sinceridad y generar instancias de conversación acerca de cómo podríamos haber evitado un mal actuar. Esto es una instancia de modelaje crucial en que todos aprendemos.

Cuando nuestros hijos son pequeños es fácil apelar a razones como “haz esto porque lo digo yo que soy tu madre y debes obedecer”. Quizá resulte por un tiempo, pero es una excusa que caducará a mediano plazo, y a la larga probablemente genere más conductas adolescentes rebeldes y dificultad para lograr auto-regulación desde la propia iniciativa, conciencia, voluntad y responsabilidad personal.

La obediencia no puede convertirse en un fin en sí misma, sino que es un medio que permite la enseñanza de ciertas pautas, un medio para dirigir más que para dominar la conducta de otros.

Niños sumisos son muy cómodos para el entorno desde una mirada adultocéntrica, quién no ha escuchado “pero si es un santo, se queda ahí donde uno lo deja y no molesta nada” o “es tan obediente, da gusto salir con él”, pero a veces el costo en fuerza de voluntad e iniciativa es altísimo. Además me ha tocado ver cómo la sumisión puede acarrear resentimiento, desde la vivencia de vergüenza y humillación.

No coincido con la idea de que los niños desean “gobernarnos” y que no podemos ceder bajo ninguna circunstancia. Claro que no podemos andar corriendo y gastando lo que no tenemos para que no se aburran en vacaciones por ejemplo, pero tampoco lo veo como que “tengamos que” inventarles un panorama para el fin de semana. Quisiera pensar que lo hacemos porque a todos nos nace hacer algo entretenido que nos saque de la rutina y aprovechemos los días de buen clima, pero también podemos no hacerlo y quedarnos en casa. No es una obligación impuesta por los niños que debamos entretenerlos, ¡qué pena sería pensar nuestra paternidad así!

Es cierto que la crianza en sus primeros años es sacrificada a ratos y requiere ceder en muchas libertades, pero no veo que cumplir un par de deseos a los niños sea siempre sinónimo de oprimir nuestras voluntades. Habrán días que desde el cansancio o falta de recursos no queda otra que quedarse en casa, pero quisiera confiar en que la mayoría de los padres también espera con ansias el fin de semana para disfrutar con los hijos, desde el placer, no desde el deber.

Confío en que podemos poner límites de manera amorosa a nuestros hijos, que si bien el objetivo de nuestra relación con ellos no es ser sus mejores amigos, ser madre no implica siempre ser jodida.

Confío en el poder del ejemplo más que en el de la imposición.

No quiero que mis hijas aprendan a obedecer irreflexivamente, a desconectarse de lo que su motivación les dicta, porque “otro más grande” sólo por ser más grande les dice qué hacer y qué no.

Deseo transmitirles e irles enseñando que nuestro mundo tiene límites, pero también quiero que anhelen traspasar algunos, que aprendan por sí mismas al transgredir unos y que disfruten el superar otros.

Quiero que aprendan a vivir con límites que las contengan, pero que no las encierren, que las protejan, pero que no las coarten, que las guíen pero que no las condenen.

Es difícil encontrar el equilibrio perfecto, cada familia sabrá buscar el suyo propio.

Yo, por mi parte, mantengo mis esfuerzos en promover que mis hijas se muevan desde el amor, hacia ellas mismas y hacia los demás. Para esto a veces debo ir mostrándoles, aunque no me guste siempre, ciertos límites, pero debo esforzarme en no adoctrinarlas dogmáticamente.

A Julia, la cuye, su jaula la protege, la mantiene en un espacio en que le es posible orientarse y anticipar que recibirá alimento, agua y cuidados, pero la verdad es que también la cohíbe bastante.

Espero que mis niñas no sean domesticadas nunca por una autoridad mal usada.

Porque nos basta con una mascota en la casa…

julia la cuye

 

Acerca del autor

Dra. Soledad Ramírez G.

Mujer en crecimiento-Mamá de dos niñas.

Psiquiatra-Psicoterapeuta-Círculos de Maternidad (Maternidad Antuyoga)

Atención de adultos. Dedicación a mujeres en etapa de gestación, puerperio y crianza.

www.centrosermujer.cl

soledadramirezg@gmail.com

1 comentario

  1. Me encantó el acercamiento reflexivo y sin dogmas al tema. Concuerdo con tus puntos vista, además, y me resulta útil la descripción concreta de los límites.

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