Nuestros pilotos automáticos y las expectativas sobre los hijos

0

 

Ayer Santi, mi hijo mayor (de cuatro años) se graduó del jardín infantil. Fue un lindo momento, emotivo y cercano. Eso sí, yo estuve a punto de arruinarlo: sucede que Santi (y en esto se parece más a la mamá que a mí) es algo tímido al inicio de una interacción social, aunque luego se suelta y fluye. Entonces, no quería estar en el escenario con los otros trece o catorce niños, frente a todos los padres, sin que su mamá o yo estuviéramos al lado suyo.

Al principio, la Agu (mi mujer) se quedó a su lado en la ceremonia. Era el único niño acompañado por su madre. Y yo, que sacaba fotos y cuidaba que Dante no se subiera a la tarima, empecé a sentirme irritado (Dante es nuestro hijo menor, de dos años, menos tímido y más centro de mesa, en esto quizás más parecido al padre): ¿cómo era posible que mi hijo fuera el único niño que no pudiera ser suficientemente autónomo como para prescindir de la madre en su graduación? ¿No es acaso una conducta excesivamente sobreprotectora y carente de límites que la Agu siga ahí con él, sin ponerse firme y dejarlo solo, como los demás compañeritos?

Como la ceremonia había empezado, intenté hacerle entender esto a la Agu con gestos, pero ella no estuvo de acuerdo. Entonces, aún irritado, fui donde ella y cambiamos lugares: yo me quedé con Santi y ella con Dante. Y le dije a Santi que ya estaba bueno, que podía quedarse solo arriba, que yo me iría. Él protestó y se aferró a mí angustiado.

Fue en ese momento cuando algo en su carita me hizo click: yo estaba forzando una situación innecesaria. Estaba obligándolo a responder a mi expectativa. No pasaba nada si su mamá o yo nos quedábamos con él. Nadie lo impedía. Era yo quien sentía la necesidad de que mi hijo “no fallara”, que actuara “perfecto”, que fuera un pequeño “alumno destacado o brillante”.

Y claro: se había activado mi piloto automático. Cuando niño, yo era gordito, no me iba tan bien en gimnasia, no tenía mucha destreza física ni manual, pero sostenía mi autoestima en ser un “alumno destacado”, casi siempre con buenas notas, por lo general “bien portado”, un niño que no daba problemas. Y, sin pensarlo, estaba traspasándole mi premisa, mi piloto automático, mi chip emocional, a mi hijo.

Apenas vi su carita angustiada, fue como mirarme en sus ojos y reconocer que él no era yo: que era otra persona, y que podía no responder a la expectativa ceremonial que yo mismo me había autoimpuesto, sin que pasara nada. De hecho, todo resultó lindo, recibió su diploma (con su preciosa carita de vergüenza) y luego jugó y comió tranquilo y contento.

Hoy, mientras me duchaba, pensaba (siempre los pensamientos más importantes aparecen en la ducha): qué importante es que aprendamos nosotros los padres a reconocer nuestros propios “pilotos automáticos”, nuestros mandatos e imperativos que tienen que ver con nuestra historia, para no imponérselos a nuestros hijos.

Desde hoy, Santi y Dante, su papá es un poco más consciente del peligro de querer hacer de ustedes “alumnos destacados”, “bien portados”, “escolarmente impecables”. Desde hoy, soy un poco más consciente que mi rol como padre no es imponerles mis expectativas (neuróticas, como la mayoría de las expectativas), sino facilitarles que ustedes, mis amados hijos, puedan llegar a ser quienes ustedes quieran ser.

Gracias Agu por ayudarme a darme cuenta. Los amo a los tres.

Sebastián León. Papadre de dos.

Acerca del autor

Mujer, madre, escritora y periodista. Enamorada de la vida y de un principito de rizos dorados. Amante de los libros, Valparaíso y el buen vino. Activista eterna por los derechos de las mujeres y los niños. No me gustan los extremismos, aceptar al otro como legítimo otro es mi lema de vida, ayudarnos a ser conscientes y relacionarnos con amor es mi misión. Autora del libro ¿Cómo construimos lo que somos? Memorias y olvidos de los italianos en Valparaíso. Expositora en Congresos y simposios sobre migraciones y reconstrucción de historias de vida/biografías. @jbruna jenny@mamadre.cl

¿Qué opinas?