¿Niñas rosadas y niños de azul?

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“Niñas rosadas y niños de azul, si hay montones de colores, por qué solo dos combinaciones?”. Así dice el estribillo de la canción Niños Rosados de (me llamo) Sebastián que tanto me recordó a mi infancia la primera vez que la escuché. Entonces, cuando era chica, no me interesaban las Barbies ni los ponys, sino más bien prefería las aventuras y los juegos al aire libre. Mis series favoritas eran Los Magníficos y MacGiver, bien lejos de las princesas Disney, soñaba con convertirme en una justiciera o una aventurera, quería ser escritora o antropóloga.

Y si bien mis padres anhelaban verme usar vestidos rosados y yo imploraba poder usar bluejeans para toda ocasión, siempre me sentí respetada por ellos en mis preferencias, aunque no correspondiesen con la expectativa sobre género que ellos tuvieran de mí. Sin embargo, el resto del mundo no siempre fue tan comprensivo y más de una vez me sentí un bicho raro.

Es que los mandatos de género a veces están tan arraigados que se van transmitiendo de manera implícita de generación en generación sin que nos demos cuenta. En nuestra cultura (no así en otras) hay un interés muy grande en que se pueda distinguir si un bebé es niño o niña desde que nace. Utilizamos colores distintivos, perforamos las orejas de las niñas para que los aritos sean un distintivo también, cortamos el pelo a los niños y dejamos crecer el pelo a las niñas. Y eso, que puede ser muy discutible, es a la vez también aceptable, porque se desarrolla en un contexto cultural que valora ese tipo de categorizaciones. ¿Pero qué pasa cuando nuestros niños comienzan a manifestar intereses que se alejan de lo que entendemos como el rol de género que le corresponde según su sexo biológico? ¿Qué sentimos cuando nuestra hija prefiere los superhéroes a las princesas o nuestro hijo prefiere pintarse las uñas antes que jugar al fútbol?

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Muchas veces, quienes nos consideramos abiertos de mente, nos encontramos sintiéndonos asustados o confundidos respecto de estos intereses de nuestros hijos ¿Qué nos asusta? ¿Que sean homosexuales? Sabemos que la identidad de género es independiente de la orientación sexual, lo cual significa que podemos identificarnos en mayor o menor grado con roles que se consideran masculinos o femeninos y aun estar orientados sexualmente hacia personas del sexo opuesto.  Sin embargo, si nuestro hijo fuese homosexual, ¿eso traspasaría el límite de nuestro amor incondicional? Creo que salvo que tengamos un problema grave (gravísimo) de homofobia, todos podríamos asegurar que amaríamos a nuestros hijos sin importar su orientación sexual. Entonces, ¿qué será lo que nos asusta del asunto? Yo creo que son los mandatos de género que hemos internalizado y que traspasamos a nuestros hijos sin siquiera darnos cuenta.
“A las mujeres no se les pega”. Claro que no, a las mujeres no se les pega, ¡pero a los hombres tampoco! A nadie se le pega.
“Los hombres no lloran” ¡Mentira! Los hombres lloran, porque son personas, personas que lloran, ríen, se enojan, se sorprenden, se emocionan, etc. Promoviendo que nuestros hijos no expresen sus emociones estamos destruyendo su sensibilidad, coartando sus relaciones con otras personas y consigo mismos. Nuestros niños merecen ser libres para sentir y expresar sus emociones.
“Las tareas domésticas corresponden a las mujeres”. Aunque suene a edad media, se continúa promoviendo este estereotipo cuando vemos que (salvo excepciones), todos los juguetes orientados a las tareas del hogar son rosados y están ubicados junto a las barbies, los ponys y cuanta cosa con brillos y glitter haya en la góndola. O sea, están dirigidos a las niñas.
“Los hombres son fuertes y luchadores”. Los hombres son fuertes y luchadores, pero no más fuertes ni luchadores que las mujeres. También necesitan desarrollar su lado sensible, también necesitan apoyo, también sufren y son vulnerables. Los hombres no son superhéroes, son humanos sensibles, aunque toda la maquinaria comercial intente hacerles creer lo contrario a nuestros niños. Dinosaurios, autos de carrera, superhéroes, armas, robots, son los juguetes masculinos, una gran mayoría de estos con contenidos bélicos y súper competitivos.
“Las mujeres son maternales”. Si, algunas lo son y algunos hombres son paternales (también son maternales muchas veces, si entendemos el maternaje como función). Sin embargo, las muñecas, cunitas, cochecitos, sillitas, etc. también son juguetes orientados a las niñas. Ojalá nuestros hijos jueguen con muñecas, sientan que es natural que ellos también cuiden a un niño, que sientan que es lógico que un papá se haga cargo de sus hijos en la misma medida que una mamá.
“El rosado es para las niñas”. El rosado es un color, nada más que eso. Al igual que Disney transformó a las princesas en un objeto de culto femenino y la Coca Cola inventó al Viejo Pascuero (Papá Noel, Santa Claus) tal y como lo conocemos hoy, el rosado fue establecido como un color femenino como una estrategia comercial para vender juguetes. Si a nuestro hijo le gusta el rosado es porque quizá encuentra que es un bello color, nada más. Él (afortunadamente) aún no entiende nada de estereotipos, ni de marketing, no le pongamos el veto a un color solo porque otro lo decidió por nosotros.
Finalmente se trata de aceptar a nuestros hijos tal como son, de respetar sus intereses y preferencias, de entender que no tiene nada de malo romper los esquemas preestablecidos. Las personas que nuestros hijos son, solo podrán sentirse amadas si es que son aceptadas y validadas, sin condiciones. Porque aquello que es diferente, es igualmente bonito. Se trata también de entender que los roles de género son dinámicos y van cambiando con el tiempo. Quizá sea que estamos en un momento rupturista y los estereotipos se van destruyendo. Por lo pronto solo sé que quiero criar a mis niños (dos hombres) libres, empoderados y sensibles, con la capacidad de adoptar diferentes roles de acuerdo a sus necesidades y deseos, sin el peso de tener que ser de una determinada manera si es que eso no les acomoda, respetuosos de todos los seres humanos y de las demás especies que los rodean.

 

Acerca del autor

Mamá de dos cachorros, psicóloga y bloggera. Extranjera viviendo en Chile, en pareja con Sebastián. Niña de pueblo viviendo en una ciudad, encontrando y desencontrándose con la mujer que hoy es.

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