Mi historia con el yoga postnatal (o puerperal como le digo en mi cabeza)

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Cuando mi Amparo tenía cuatro meses y esas semanas de locura inicial estaban dando paso al nacimiento de un vínculo calmo y enamorado, comenzamos a asistir a Yoga (antuyoga chile). En un principio buscaba una manera de cortar los largos días que se hacían interminables esperando que Eduardo volviera del trabajo. Cada día al despertar, veía cuesta arriba lo que se me venía, “Otro día más, la Amparo está bien, respira y adelante, ¿me la iré a poder hoy?, ¿la lograré cuidar bien? ¿Cómo llego a las seis de la tarde sin usar palabras?, ¿lograré almorzar hoy? ¿y si de nuevo me baja esa pena que no sé de dónde viene?…” entonces Yoga era una posibilidad de aire, de salir de la casa a un lugar seguro, donde podría amamantar sin problemas si era necesario y además compartiría con otros adultos aunque fuera un ratito. Llegué a mi primera clase y le expliqué a la instructora que no quería hacer ejercicio, sino calmar mi mente atiborrada de preguntas sin respuestas y voces exigentes, ella me miró con calma y una sonrisa cómplice, al parecer sabía de lo que le hablaba, ella también era madre.

Esa primera clase, cuando la instructora puso una música suave y nos dijo, “bueno ahora relájense y simplemente estén juntas sin pensar en nada más”, amamanté como nunca antes lo había hecho y comencé a entender desde otro lugar ese milagro… nos recostamos, saqué mi pecho con un poco de pudor y esos ojitos curiosos supieron que estábamos seguras en este nuevo lugar, se cerraron y disfrutaron. Entonces yo hice lo mismo y por primera vez de esa manera, contemplé a mi hija amamantando, simplemente la miré, sin pensar si estaba tomando suficiente leche o no, sin preocuparme de si la posición era o no la correcta, sin mirar el reloj para ver cuántos minutos tomaba o cuánto había pasado desde la última toma, no, nada de preguntas, simplemente disfruté y mi lactancia cambió para siempre porque dejé de intentar entenderla con mi cabeza y la comencé a mirar desde el corazón “algo vivo está saliendo de mi cuerpo para alimentarte, un leche tibia y dulcecita que no controlo fluye a tu libre demanda y te hace crecer, esto es un milagro”, pensé mientras se me caían un par de lagrimitas de alivio y emoción. Ese día me fui feliz a la casa, y una vez solitas traté de buscar esa misma calma para alimentar a mi hija cada vez que lo buscaba, algunas veces lo logré.

Las semanas fueron pasando y este espacio se hizo parte de nuestra rutina, los lunes y los miércoles eran menos agobiantes porque teníamos ese rato para compartir juntas tranquilas y acompañadas. El hecho de estar juntitas con otro nos dio calma para encontrarnos de una manera distinta, me sentí menos sola y entonces me fui dando cuenta de que me la podía, no había nada más potente para hacer una buena crianza que el vínculo que estábamos construyendo con la Amparo y este espacio para encontrarnos, sostenidas por otro, me permitió alcanzar esa certeza y llevármela conmigo a mi casa como quien trae luz a la oscuridad. Así los caminos de vuelta a mi pequeño departamento eran dulcecitos y tibios, la Amparo se dormía en el fular, tranquila y segura y a mí ya no me importaba tanto si lograba o no sentarme a almorzar, aunque la mayoría de las veces creo que lo logré.

                Por esas sincronías de la vida ninguna otra persona se inscribió en ese horario, así es que lentamente comenzó a tejerse una yogaterapia para mí y la Amparo y ¡cuánto la necesitábamos! Algunas cosas simples se volvieron cruciales para nuestra salud, como por ejemplo que mientras instalábamos las cosas, la instructora, “la profe” nos preguntaba ¿Y cómo están hoy?, imposible más simple, imposible más certero, no sé cómo explicar lo sanador que fue que alguien se interesara de verdad en saber cómo estábamos, después de meses de necesitar conversar. Y no es que nadie más me lo hubiera preguntado antes en todo ese tiempo, creo que lo distinto fue saber que me lo preguntaban con genuino interés. La profe no se imagina como esos cinco minutitos de conversa dos veces a la semana iban aliviando mi corazón de puérpera y me permitían atender mejor a mi cachorra. Ahora con mayor distancia, pienso cuántas depresiones post parto nos ahorraríamos si existieran más personas dispuestas a preguntar a las madres recientes con sinceridad ¿cómo te sientes hoy?…

Y así, mientras la Amparo jugaba en el suelo yo comencé a jugar sobre el mad y mi cuerpo que había estado tan calladito por tantos meses, me vino a saludar y me acordé de que ahí estaba. ¡Cuánto historia se había alojado en este cuerpo en tan poco tiempo! un dulce embarazo, horas de contracciones, un parto íntimo y sentido, unas pechugas congestionadas de leche, una sangre fluyendo por semanas, unas lágrimas rodando sin pedir permiso varias veces al día, una guagüita en brazos por las noches, dolores de espalda, unas exigencias locas en el día, dolores en el cuello… cuánta vida alojada en este cuerpo que estaba pasando desapercibido por hacerse cargo de otra vida. Entonces lentamente, los ejercicios que hacíamos en el rato que la Amparo nos permitía, fueron permitiéndome re-conocer a ese cuerpo olvidado, quizás desde hace cuánto. Cada ejercicio duraba lo que duraba la paciencia de mi hija, si ella estaba de ánimo de jugar solita, íbamos desarrollando las posturas, pero si ella quería brazos, la postura se detenía para transformarse en contención, contención acompañada. Habían mañanas en que podía hacer posturas completas y otras mañanas en que  fui casi solamente a amamantar y arrullar en compañía.  Cuando asomaba la frustración, la profe me recordaba que así era el yoga postnatal, flexibilidad pura y así era. Fuimos conociendo mantras y canciones, la Amparo también eligió sus favoritos que bailamos lentamente mientras el verano se transformaba en otoño y esa flexibilidad se iba desarrollando en mis músculos y en mi mente.  Fui comprendiendo que mi guagüita era todos los días diferente y que un poco de eso se trataba esto, de fluir juntas dando a cada día su afán.

 

La Amparo ya tiene siete meses, hay días en que me siento tan inexperta como si recién hubiéramos salido asustadas de la clínica y otros en que me siento fuerte para poder darle contención tanto a ella como a mí misma. Creo que el yoga ha sido fundamental en este, nuestro proceso. Hoy puedo ver cómo las enseñanzas de esta práctica se han ido haciendo parte de mi cuerpo y de mi mente. Mi hija hoy es casi puro cuerpo y conectarme con el mío, me ha permitido conectarme aún más con ella; cuando una postura me sale muy difícil o no resulta por más esfuerzo que ponga, inmediatamente se viene la Amparo a mi mente, la Amparo intentando sentarse y frustrada por no lograrlo, la Amparo haciendo todos sus esfuerzos por alcanzar algún objeto nuevo que llamó su atención, la Amparo dichosa porque sus esfuerzos de coordinación logran organizarse y se transforman en un gateo que le permite desplazarse y adquirir nuevas perspectivas…así tal cual me siento yo ante el yoga, conociendo mi cuerpo y haciendo un sano esfuerzo por alcanzar nuevas perspectivas, mi hija en eso ha sido mi maestra y ahora cuando se frustra, logro entenderla un poco mejor.

Cuando mi instructora me dice que abra mi pecho para alcanzar la postura pienso en cómo he abierto mi pecho a mi cachorra, en las noches cuando me agobia el cansancio y mi guagüita me pide pecho, intento abrirle a ella mi pecho y cuando empieza un nuevo día después de una noche sin descansar, abro las cortinas y a veces le digo a mi hija que saludemos juntas al sol naciente con el pecho abierto. Cuando me siento perdida intento anclar mis pies a la tierra y recobrar el equilibrio tanto físico como interior. Ahora me da ternura recordar cómo la primera clase le advertí a mi instructora que tenía un pésimo equilibrio, especialmente cuando veo que alcancé posturas que jamás me imaginé logrando, al parecer todo tenía que ver con anclar bien mis pies y encontrar mi propio equilibrio interno. Cuando me siento angustiada por la vuelta al trabajo intento respirar llevando mi atención a mi entrecejo y lentamente la calma llega, siento la pena, lloro y la dejo ir… Así como el dolor después de una postura difícil lentamente desaparece para dar paso a la respiración, también desaparecen los días buenos y los días malos, comprendo que ni los momentos ricos ni las dificultades de la crianza durarán para siempre, todo irá pasando así que intento tener paciencia con los días en que siento agobio y disfrutar a concho las risitas de cascabel, los abracitos, la ternura de los primeros gateos y  unas cuantas maravillas más, nada durará, todo cambia, nada permanece.

Cuando terminamos una postura, mi profe señala con calma, “cierro los ojos y percibo los efectos de esta postura” Hoy con más distancia, percibo en mi corazón los efectos que ha dejado esta práctica.  No me siento ni remotamente una yogui, apenas he ido conociendo algunas posturas que logro repetir en casa en contadas ocasiones cuando la siesta de mi hija me lo permite, pero sí siento un efecto que se ha posado en mí lentamente y con gracia, como una mariposa en una hojita de otoño. No sé cuánto dure esta maravilla ni tampoco espero que sea para siempre porque ahora comprendo que todo lo vivo se aleja del equilibrio, pero sí me siento sana, sanada. Creo que lo que me sanó fue encontrar una manera de cuidar de mí y especialmente de dejar que otra persona cuidara de mí, con tanto amor y delicadeza como lo ha hecho mi instructora. Ese cuidado que ella me presta dos veces a la semana, lo llevo a mi casa para poder seguir cuidando de mi misma y a su vez me permite cuidar de mi guagüita. Me abrazo a mi misma con fe y siento alivio.

 

Escrito por María Paz Ramirez, mamá de Amparo.

Acerca del autor

Mujer, madre, escritora y periodista. Enamorada de la vida y de un principito de rizos dorados. Amante de los libros, Valparaíso y el buen vino. Activista eterna por los derechos de las mujeres y los niños. No me gustan los extremismos, aceptar al otro como legítimo otro es mi lema de vida, ayudarnos a ser conscientes y relacionarnos con amor es mi misión. Autora del libro ¿Cómo construimos lo que somos? Memorias y olvidos de los italianos en Valparaíso. Expositora en Congresos y simposios sobre migraciones y reconstrucción de historias de vida/biografías. @jbruna jenny@mamadre.cl

3 comentarios

  1. Tienen el dato del lugar donde se realiza yoga post natal ? Qué uno pueda asistier con mi bebe…

  2. Hola! Esta historia es en Antuyoga Chile, búscalo tal cual en Facebook…mucha suerte!

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