Los niños son invisibles a los ojos de la sociedad

2

¿Leyeron alguna vez El Principito? Si no lo han hecho pues les recomiendo que lo hagan, no porque sea uno de los libros más clásicos en la historia de la literatura, que de hecho lo es,  sino porque entre sus líneas podrán descubrir la esencia de los niños y de la infancia, El Principito es para mi una guía que toda madre y todo padre debiese leer desde el momento que llega un bebé a la familia.

 

Lo esencial es invisible a los ojos le decía el zorro al pequeño jovencito de cabellos dorados que de seguro te recordará mucho a tu hijo/a tanto por su energía insaciable como por su constante y a veces insistente curiosidad. En una verdadera clase magistral sobre apego seguro estas líneas nos invitan a volver a mirar a los niños desde otra perspectiva, dejando de lado nuestro adultocentrismo, recordando que a través de sus ojos, en sus preguntas y en su profunda inocencia radica la verdadera sabiduría de la vida, lo realmente importante, lo que no se puede medir con números ni con títulos, eso que nuestra sociedad se encarga de enviar al baúl de los recuerdos a medida que crecemos con el fin de volvernos personas serias.

 

Lo esencial es invisible a los ojos, recordé esa frase hace algunos días cuando salí con mi pequeño de 3 años, que por supuesto, ya no quiere andar en brazos, y caminaba por la calle de mi mano, una joven muy apurada pasó rápidamente a su lado, mientras alguna conversación la entretenía en su celular, al chocar con él miró, como si hubiese chocado con un grifo y siguió de largo, ni una palabra, ni una mirada condescendiente o de excusa, nada, simplemente se fue. La historia se vuelve a repetir en casa de mi hermana, estábamos esperándola para salir mientras mi hijo sentado en la recepción del edificio cantaba canciones inventadas, llega una señora de unos 50 años y decide subir exactamente por donde estaba sentado él, simplemente avanzó, no lo miró a él, no me miró a mi, como si existiera alguna ley física universal que hiciera que “ese” ser que estaba sentadito debiese moverse simplemente porque ella quería pasar, nunca pidió permiso, ni mucho menos se le ocurrió pasar por el lado, entonces pensé, ¿será que no lo vio o es que de verdad  los niños son invisibles a los ojos de nuestra sociedad?

principitojjjjj}

Quizás puedan pensar que es una exageración, que sólo son dos casos aislados, más en mi experiencia de madre y de la niña que fui, puedo afirmar que sí, los niños son invisibles a los ojos, a las estructuras y a las políticas públicas de una sociedad adultocéntrica en donde estos locos bajitos sólo llegan a llenar un plan familiar y a los que a toda costa hay que adaptar a la vida actual para que molesten lo menos posible.

 

Vayan acá algunos ejemplos. A nadie se le ocurriría crear un restaurant sin baño de mujeres ¿no? O sin sillas, sin embargo, son contados los establecimientos que piensan  en tener mudadores, y hablo de al menos un mesón con algún pañito que puede servir como tal, ni siquiera me refiero a un muidador que realmente sea seguro y esté adaptado para bebés y niños, pues eso ya sería una utopía. Lo mismo ocurre con las sillas para niños, cuantas veces no me he paseado por 5 o 6 cafés preguntando si tienen silla para bebés, ir a comer o tomar un jugo con tu hijo resulta una completa proeza, como si ellos no comieran, como si las madres no pudiéramos salir a distraernos con nuestras personitas favoritas.

 

Ni que decir del hecho que algunos consideren que una madre que da el pecho en un restaurante es molesta para quienes comen, pero ¡por Dios! ¿Acaso ese bebé no tiene derecho a comer también? ¿por qué debería ser superior el derecho de los adultos por sobre los de ellos?

 

Ni que decir cuando sales con los pequeños y juegan y corren por todos lados, las miradas de reprobación no se hacen esperar, hay que tratar de mantenerlos quietos para que no interrumpan la vida de los adultos. Me ha pasado y sé que también a ustedes que vas de visita a una casa llena de figuras y cosas delicadas, y tu niño de 2, 3 , 4 años corre intentando tomarlo todo, y tú claro, como loca corres tras de él intentando que no quiebre nada, hasta que llega ese comentario tan esperado “debes disciplinarlo, tiene que aprender a quedarse quieto mientras los adultos conversan, debe saber quien manda”… ¿Qué pasa por la mente de esos adultos?

 

Nuevamente recuerdo a El Principito, todos alguna vez fueron niños, sólo que ahora están ocupados en “cosas importantes” números, cuentas, sus trabajos, y han olvidado lo verdaderamente esencial, hacer amigos, y yo agregaría criar a tus hijos sin importar el qué dirán, conectados con sus necesidades y no el deber ser. Los niños son invisibles y no sólo en los espacios públicos, sus emociones también lo son, cuántas veces nos detenemos a pensar lo que ellos realmente quieren, piensan, sienten o necesitan, nos enfocamos en que coman lo que les preparamos simplemente porque les hace bien, y si no le gusta la carne, el brócoli o la sopa, ¿acaso los niños pueden tener gustos propios?

 

Y así una larga lista, si nos separamos nadie se detiene a ver como a ellos se le cae su mundo de cristal tras sus ojos llenos de incertidumbre, si elegimos un colegio lo hacemos pensando en su futuro laboral, en sus posibilidades, en los amigos, en el que dirán, pero jamás lo haremos pensando en si ellos se sienten cómodos con esas tías, esos amigos, ese ambiente, les elegimos la ropa, lo que comen, lo que ven, y lo a donde van, incluso  hay algunos que se obsesionan intentando controlar su sueño, con técnicas terroríficas, o controlar un proceso de desarrollo neurológico natural como el control de esfienter, quitándole los pañales cuando a nosotros nos parece que ya es inadecuado, sin preguntarnos si están o no listos, y después, oh grandiosa ironía, queremos que sean adultos seguros, confiados, decididos, que sepan elegir, que establezcan límites y aprendan a decir que no, y cuándo van a aprender eso si los invisibilizamos en cada acto, en cada palabra, en cada elección.

 

No sé ustedes, pero yo no quiero olvidarme de lo esencial, aunque nadie más lo pueda ver, aunque nadie más lo logre comprender, y es por eso que sigo este camino de hacerme consciente de mis actos como madre, de tratar de reconocer lo que este loco bajito, este pequeño princicpito realmente quiere y no proyectar en él mis deseos no cumplidos o mis inseguridades, quizás no pueda cambiar las políticas públicas, quizás nunca logre hacer que el Estado comprenda que NO necesitamos más salas cunas, sino un post natal más largo, que no necesitamos más cesáreas sino redes de apoyos masivas a la madres puerpereas, más tribu, más contención, más amor…

 

De seguro no está en mis manos cambiar eso, pero sí está en mi el volver visible a mis ojos y a los de quienes me rodean, a mi hijo y a todos los niños con que alguna vez me relacione, que existen, que tienen tanto derecho como nosotros, y que no, no son pequeños adultos en formación, son niños, distintos, únicos, curiosos, torbellinos de vida, que no tienen porquen adaptarse a todo lo que nosotros los adultos serios hemos decidido que deben hacer, que tienen derecho a seguir su propio camino, los dictados de su alma, aunque eso a veces vaya en contra de lo que papá y mamá creen que debe ser. Que nunca deje de ser libre, que nunca deje de preguntar, de soñar, de amar sin miedos… eso es lo que como madre puedo hacer, eso es lo que todas podemos hacer en nuestras pequeñas islas de maternidad.

 

Mucha luz a sus niñas y niños y a los niños y niñas que fuimos

 

Tara

Acerca del autor

Mujer, madre, escritora y periodista. Enamorada de la vida y de un principito de rizos dorados. Amante de los libros, Valparaíso y el buen vino. Activista eterna por los derechos de las mujeres y los niños. No me gustan los extremismos, aceptar al otro como legítimo otro es mi lema de vida, ayudarnos a ser conscientes y relacionarnos con amor es mi misión. Autora del libro ¿Cómo construimos lo que somos? Memorias y olvidos de los italianos en Valparaíso. Expositora en Congresos y simposios sobre migraciones y reconstrucción de historias de vida/biografías. @jbruna jenny@mamadre.cl

2 comentarios

  1. Alexandra Delgado el

    Tambien se vuelven invisibles cuando van caminando a tu lado, tomados de tu mano y viene una mujer con una cartera tremenda y paf!!!! Que por poco los tumban si no estamos atentas!!! O cuando conversamos delante de ellos cosas que no deberian escuchar, o cuando mama y papa no nos medimos en alguna discusión…

¿Qué opinas?