Perder a un hijo/a en el vientre: El duelo de una primavera que no floreció

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1024px-Anna-Kosali-11-5Cuando recibimos la noticia que estamos gestando vivimos un cambio profundo que nos lleva a concentrarnos en la expansión de ese vientre y en la imagen mental que dará forma a ese hijo/a. Cada familia recorrerá este proceso vinculándose a su ritmo, pero sin importar cuando sintamos este lazo, la maternidad y paternidad es un viaje de ida, ya hemos nacido como padres.

Hay ocasiones que en medio de este camino algo ocurre y esa pequeña vida deja de latir, muchas veces sin que nuestro cuerpo alcance a mostrar señales de advertencia vemos como la primavera abandona el vientre dejándonos en el medio del ser padres, cargados de sueños y sin un bebé en brazos.

Cuando un ser se apaga en nuestro vientre experimentamos un duelo sin precedentes, pues la pérdida es invisible a los ojos de la sociedad. Los padres sabemos que había una vida, que era nuestro bebé, sentíamos como nuestro cuerpo iba dándole espacio, como nuestra mente se ocupaba de su existencia y cuantas horas lo imaginamos, pero desde el mundo de lo exterior nada de esto se considera real, por el contrario, es casi un delirio.

Esto hace que el duelo gestacional sea vivido en un silencio sepulcral casi culposo por los padres, quienes desde luego se encuentran en la disyuntiva si sentirse o no padres, si nombrar al bebé que ha muerto, si habrá sido por su causa que el embarazo se interrumpió, si podrán tener más hijos/as, si les cuentan al mundo su dolor o lo anestesian buscando algún día caer en amnesia.

En esto la ciencia ha sido bastante útil al deshumanizar a ese bebé racionalizando como si se tratara solo de un par de células que no llegaron a ser vida, casi como si fuera un proyecto inviable de nuestro cuerpo que ante un error de producción se aborta y desecha. Pero por mucho que esta morfina intelectual apacigüe para algunos la tormenta existencial tras una pérdida, lo cierto es que no ayuda a vivir conscientemente el duelo y mucho menos a procesar el vendaval de dudas y miedos que desde ese momento acechan a los padres.

Cuando una vida se anida en nuestro vientre nuestro cuerpo es consciente de ello y comienza a trabajar desde lo sutil y lo físico para dar espacio a ese ser, para nutrirlo y cobijarlo. Sin importar las semanas que lleve ahí dentro una parte de nosotros ya se ha dado por entendido, comenzando a dar señales para que la noticia llegue a todos nuestros rincones.

En el momento en que la vida se detiene no termina todo lo que ya habíamos comenzado, pues independiente del tiempo en que hemos abrigado a ese bebé, nuestro cuerpo ya es otro y nuestra mente se ha transformado. No podemos pretender que tras una perdida borremos todo de golpe como si apagáramos el computador, nuestra esencia es diferente.

Desde lo físico el cuerpo demora en procesar la pérdida, pues la comunicación interna no siempre es tan fluida y puede que tarde un buen tiempo en volver a su centro, lo que es mucho más radical cuando el embarazo es avanzado. Así podemos seguir reteniendo líquido, con las mamas hinchadas y sensibles, o incluso con una barriga abultada estando conscientes de que ya no hay nadie allí.

Desde lo emocional y espiritual debemos ser conscientes que bastó esa pequeña chispa de vida para transformar la nuestra para siempre, nada se borra, todo es parte del camino de aprendizaje y crecimiento. Por lo mismo es que desde que recibimos la noticia del embarazo que somos padres, sin importar lo que pase luego, porque ese hijo/a existió tanto en lo físico como en nuestra mente y por lo mismo es que el duelo debe vivirse.

Independiente de la forma en que podamos y decidamos vivir el duelo, no podemos perder de vista que sanar no es olvidar, pues aquello que tapamos con tierra puede volver a aparecer, por ejemplo en una nueva gestación. El dolor y el miedo siempre buscan la manera para colarse por nuestras rendijas acechándonos como sombras en cada oportunidad que se les presenta.

Sanar es haber atravesado el duelo, sin evadirlo, adentrándonos en el dolor para reconocer y dar sentido a nuestra realidad sin desconocer las cicatrices. Es llorar, meditar, dar espacio real a lo que necesitamos y con el mensaje que nos regala la vida tras cada pesar. Es naufragar libre de culpas para encontrarnos con nosotros mismos y procesar el dolor, transmutando en crecimiento y sabiduría.

Durante ese camino de sanación es importante saber que tras una pérdida es normal que esa cicatriz se vea resentida tras enfrentarnos a otras embarazadas, estar con otros bebés e incluso sentir rechazo a la sola idea de volver a concebir. Hay que darse los tiempos sin etiquetarse culpas, pues es algo natural. Por ello es que la recomendación de embarazarse lo antes posible para sanar el dolor de la perdida resulta la mayoría de las veces contraproducente, llevando a depresión gestacional o posparto, e incluso a nuevas pérdidas.

MONUMENTO AL NIÑO NO NACIDO ESLOVAQUIA.jpgAdemás de ello, los padres se enfrentan a un dolor que se vive en silencio, del cual no se habla ni se profundiza, el que se intenta anestesiar desde la razón deshumanizando a la criatura que hasta hace poco todos llamaban persona. Hijo/a al que muchas veces no se alcanza ni a ver puesto que normalmente no se entregan los restos de nonatos de corta edad gestacional, que además no tienen derecho a ser inscritos en el libro de familia, duelo sin permiso ni licencia, que se mantiene prisionero porque para la sociedad nunca existió.

Sin duda un proceso tan lleno de matices no tiene recetas, el camino del duelo es personal y cada padre decidirá cómo desea vivirlo. Pero en la sanación hay puntos que ayudan a dar sentido a la experiencia, mirar lo que ha ocurrido sin culpas para disipar el miedo, dejar caer las lagrimas, reconocer la pérdida, buscar redes de apoyo y contención, recurrir a una doula o terapeuta que tenga un aproximamiento a este tema, en definitiva es comenzar a habitar ese jardín deshijado.

 

María Lucía Lecaros Easton

Directora ONG Criamor, Instinto de Familia

Doula Especializada en Crianza y Puerperio

Postítulo en Género y Desarrollo

Terapeuta Holística

 

 

 

Acerca del autor

Mujer, madre, escritora y periodista. Enamorada de la vida y de un principito de rizos dorados. Amante de los libros, Valparaíso y el buen vino. Activista eterna por los derechos de las mujeres y los niños. No me gustan los extremismos, aceptar al otro como legítimo otro es mi lema de vida, ayudarnos a ser conscientes y relacionarnos con amor es mi misión. Autora del libro ¿Cómo construimos lo que somos? Memorias y olvidos de los italianos en Valparaíso. Expositora en Congresos y simposios sobre migraciones y reconstrucción de historias de vida/biografías. @jbruna jenny@mamadre.cl