Dejando ir nuestros miedos como madres

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Esto de pensar en los temores de la maternidad me ha hecho reflexionar sobre los míos propios. Esos que me empezaron a visitar y habitar probablemente desde el día en que me imaginé por primera vez ser madre… quizá hace cuántos años atrás; tal vez de niña jugando con alguna muñeca u observando a mi propia madre ser madre o quizá de adolescente al ver a una mujer consolando a su bebé en brazos, molesta y confusa ante ese llanto de guagua tan imposible de esquivar, quizá incluso de adulta al acompañar a alguna amiga convertirse en mamá antes que yo, admirando y temiendo eso tan extraño que yo veía que le estaba ocurriendo, fantaseándolo en silencio para mí…

Tantos miedos que han habido, unos tan nítidos y verbalizables, y otros más solapadamente instalándose a vivir en mí. Algunos posibles de iluminar, otros en terrenos sombríos, lejanos a mis posibilidades de consciencia.          Unos deciden marcharse, otros se quedan, algunos vendrán a habitarme más adelante, se anuncian de a poquito, a veces en mis sueños, a veces en las cartas…

A varios los he venido a conocer y visitar mucho tiempo después, han pasado un buen tiempo escondidos, en habitaciones oscuras de mi casita interna hoy figuran llenos de polvo, a medio vencer, a medio irse, a medio hablar…. A algunos sólo los he descubierto por las armaduras y escudos que usé en ese entonces sin saber, que luego me fueron quedando tan grandes e incómodas y las fui soltando de a poco y casi de manera imperceptible.

He escuchado decir por ahí que convertirse en padres es como dar un salto al vacío. Y esta imagen me ha quedado dando vueltas. La misma Laura Gutman se refiere al puerperio como un abismo al que hay que entregarse. Y es que realmente es lanzarse a algo abismalmente desconocido y profundo. Algo tiene de salto al vacío en el sentido de lo adrenalínico, lo incierto, lo desafiante, lo transmutador, lo valiente, lo audaz, lo potente.

Y entonces, ¿cómo no va a ser también atemorizante, verdad? ¿Podrá darse un salto tan grande sin miedos? Yo tiendo a pensar que no. Que más allá de la ilusión, del deseo, de las ganas, del empeño que hayamos puesto en ser padres, son varios los temores que pueden empezar a darnos vuelta.

Más allá de ser mujeres súper seguras, la maternidad nos revuelve enteras, y aquellas seguridades que eran tan férreas ahora ya no lo son, otras zonas que eran frágiles agarran un poder inmenso. Las prioridades se resitúan en nuestra vida y en la medida que vamos de a poco adaptándonos a estos cambios podemos sentir cómo perdemos o arriesgamos nuestros equilibrios previos.

¿Qué otra experiencia en la vida es capaz de transformarnos tanto y de manera tan permanente como la maternidad?.

De manera consciente o inconsciente, cientos de ideas empiezan a circular en nosotras: imágenes, historias, heridas, heredadas, aprendidas, prestadas, imaginadas.

Recuerdo algunos de mis miedos iniciales, antes de mi primera hija, muy concretos y algunos incluso superficiales, pero igualmente válidos: siendo yo una persona que requería 10 horas de sueño para repararme, confieso que el miedo a no dormir más hasta tarde y despertar hecha un monstruo era una idea muy presente; así también el miedo a no poder seguir haciendo las cosas a mis tiempos y el temor a que se afectara mi relación de pareja; el miedo a perder el control sobre mi vida se instalaba disimuladamente en mi mente.

Recuerdo también mis miedos antes de mi segunda hija, el temor a no ser capaz de cuidarlas a ambas, el temor al cansancio en mí, el miedo a quedar fuera del camino de mi desarrollo profesional, el miedo a perderme y no volver a encontrarme.

Hoy pienso en esto y veo que claramente habían cosas que se iban a salir de control, tanta energía invertida en evitarlo era quizá innecesaria, pero ha sido fundamental pasar por todo para aprenderlo bien, en mi cuerpo y en mi mente y para ir avanzando en este camino que he decidido recorrer.

Hoy me doy cuenta de que muchos temores pueden parecer inútiles o desfavorables a primera vista, que quizá podría haber evitado ciertas defensas y armaduras que me hicieron caminar más tiesa, más rígida, más incómoda a ratos. Sin embargo, los agradezco igualmente. Los agradezco porque de alguna manera irlos conociendo, conversando, enfrentando me ha dado nuevas herramientas, nuevas miradas. He aprendido del miedo… a cuidarme, a mantener ciertas distancias, a caminar más lento y con cautela, a ir de a poco cambiando mis equilibrios, a mi ritmo, a pedir ayuda, a mantenerme acompañada y protegida, a prepararme para ciertas luchas y aventuras…

El abismo ha sido amplio, insondable, con caídas más rápidas y otras más lentas. La razón le tenía tanto miedo a la emoción, y ésta le ha mostrado que no hay tanto que temer. ¨¡Lánzate!” me dicen a veces unas voces amigas que he aprendido a escuchar de noche…. Y ahí voooooooy… sigo cayendo, a ratos a toda velocidad, a ratos abro el paracaídas, a ratos miro desde arriba maravillada, a veces me vuelve el susto y se me aprieta el pecho….

Hoy, en lo personal lo que más temo es perderme de lo crucial. Como dice Mafalda: que lo urgente no deje tiempo para lo importante. Y no me refiero sólo a hitos concretos del estilo primeros pasos o primer día de colegio, sino esos mágicos momentos de sonrisas en que el reloj no corre, esos pedazos de tiempo sin tiempo en que jugamos a escondernos tras un cojín o contemplamos las nubes o conversamos y cantamos en medio del taco. Miedo a no darme cuenta de que esos momentos con mis hijas hacen el día y hacen la vida entera. Miedo a que la vida me apure y no alcance a olerlas, abrazarlas y jugar todo lo que quisiéramos. Miedo también a frenarlas en su desarrollo, o a acelerarlas, a no seguir sus ritmos, a dejar de escucharlas o de verlas, e imponerles mis deseos y exigencias.

Y siempre en actitud de amenaza afuera de mi casa se instala también el miedo a desconectarme de mí… el miedo a desviarme de mi intuición, el temor a insegurizarme y quedar expuesta a influencias ajenas que a veces poco o nada tienen que ver con mi actuar instintivo que es el que más sabe, con “la que sabe” como la llaman por ahí. El miedo a alienarme en un sistema que fomenta y venera la posesión de seguridad y estabilidad, que no es más que un deseo infantil y desesperado de omnipotencia y control, y que tanto se pierde entremedio, desempoderándonos, fragilizándonos, generando la ilusión de protección, pero por debajo alimentando miedos y más miedos…

Leí por ahí la otra vez: “las cosas que más tememos ya nos han ocurrido en la vida”… y quizá sí… tal vez son hechos que han acontecido, pero lejanos hoy a nuestra memoria verbal y consciente quedan sólo como recuerdos parciales y como temores… y si no queremos que nos ocurran de nuevo, bienvenido el miedo para protegernos de eso entonces!

Hoy abrazo mis miedos, hablo con ellos. Me reconcilio con unos cuantos, me despido de algunos y aprendo de otros. Con varios todavía no nos conocemos, pero sé que vendrán… los espero, sé que podré con ellos… les tengo menos miedo… sigo creciendo… y agradezco.

www.elrincondeltrasto.com

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Acerca del autor

Dra. Soledad Ramírez G. Mujer en crecimiento-Mamá de dos niñas. Psiquiatra-Psicoterapeuta-Círculos de Maternidad (Maternidad Antuyoga) Atención de adultos. Dedicación a mujeres en etapa de gestación, puerperio y crianza. www.centrosermujer.cl soledadramirezg@gmail.com