Curese usted mismo: autosanación para nuestros hijos

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Podemos enseñar a nuestros hijos a ser pequeños guías, sus mismos maestros sanadores. Les podemos mostrar como amarse, sanos o enfermos, pues ambos polos son positivos en su crecimiento. Podemos instarlos a escucharse y a aceptar también los límites que les puede reportar un cuerpo físico que enfrenta dificultades. Aún más, es posible invitarlos y ayudarlos a modificar actitudes y emociones que de adultos, cristalizan en nuestro corazón y nos llevan a depresiones y rencores mucho más profundos.

Cúrese usted mismo, libro publicado por primera vez en 1931, podría ser el título fundamental dentro de la bibliografía del Doctor Edward Bach, creador de la terapia floral que lleva su nombre. Enfatiza algo que para este bacteriólogo y homeópata galés era esencial: el potencial sanador reside en nuestro interior y no depende de elementos ajenos a nuestro ser.

El grueso de las terapias holísticas, complementarias o a veces mal llamadas alternativas (pues no reemplazan tratamientos alópatas, de modo que no son alternativas a éstos) actúa procesando emociones y ordenando las vibraciones energéticas que éstas impregnan en nuestro cuerpo. La concreción de una enfermedad avanza desde el mundo de las emociones, más sutiles, a los planos materiales más densos, el cuerpo físico. Las emociones positivas tiñen nuestras emociones, instintos y recuerdos de un haz armónico, sano y luminoso. Las emociones negativas se traducen en cuadros de dolor y enfermedad que colonizan luego nuestro cuerpo físico, y materializan en él el resultado de toda esa tempestad emocional.

En una terapia, como por ejemplo, la terapia floral, dice Susana Veilati que constelan tres sanadores: el terapeuta, el preparado floral y el paciente. El terapeuta, desde un punto de máxima humildad, es el punto central que amalgama estos dos mundos: por una parte, el remedio floral con todas sus energías alineadas, que estabilizan un alma removida, y por la otra un ser encarnado dispuesto a abrirse a la sanación. El terapeuta no sana a nadie, lo hace el mismo paciente. Se cura a sí mismo.

La enfermedad tiene por tanto un tremendo potencial sanador. Es el aviso, el indicio de que hay una emoción desalineada en nosotros que debemos atender. Que ya ha avanzado, desde nuestras emociones, a nuestro cuerpo físico. Por eso la invitación es a que nosotros, como padres comprometidos con la crianza respetuosa, comencemos a escuchar la enfermedad de nuestros hijos. No sólo a reaccionar a sus síntomas, que es el paso más fundamental, sino también, en el marco de una reflexión, a cuestionarla.

Vuelvo a citar otro fragmento de Cúrese Usted Mismo, de Bach, y les pido permiso para extenderme: “El oficio de la paternidad consiste en ser el medio privilegiado (…) que permite al Alma entrar en contacto con este mundo por el bien de su evolución (…) ser el agente del nacimiento físico de un alma y tener el cuidado de la joven personalidad durante los primeros años de su existencia en la tierra.

La actitud de los padres debería ser, globalmente, dar al recién llegado todos los consejos espirituales, mentales y físicos de que sean capaces, recordando siempre que el pequeño es un alma individual que ha venido al mundo para obtener su propia experiencia y conocimientos (…).

Y no puede quedar fuera el corolario: “El oficio de la paternidad es un servicio divino, y debería ser respetado como tal, o incluso más que cualquier otra tarea que tengamos que desempeñar”.

De esta forma, los padres, como guardianes de esas almas en evolución, no podemos limitarnos sólo a aplacar los síntomas de una enfermedad, que es la posición fundamental de la medicina alópata. No digo con esto que abandonemos dichas prácticas convencionales, sino que complementemos. De allí deriva precisamente el concepto de medicina complementaria. De la potencialidad de unir lo mejor de ambas disciplinas, la medicina convencional y aquella basada en una visión holística del hombre.

¿Qué nos están diciendo los cólicos? ¿Qué nos gritan las descompensaciones de las pataletas? ¿Qué nos llaman a cambiar las alergias? Aún más ¿Qué debemos reconocer en una enfermedad físicamente incapacitante, un trastorno del aprendizaje, genético, o una muerte temprana?

Como padres tenemos las herramientas –créanme, las tenemos – para abrirnos de la mano del Amor, a un examen de conciencia de esa pequeña alma encarnada que hemos venido a traer al mundo, y acompañarla en el proceso de aprendizaje de las cosas que aún son invisibles a sus ojos. Tenemos una gran guía, la enfermedad, que ahora es más bien una aliada y que nos puede dar indicios sustanciales sobre las dudas, miedos o incomodidades que puede estar enfrentando nuestro hijo en su entorno. Más aún cuando nos referimos a bebés pequeños, que aún no pueden verbalizar sus sentimientos e impresiones.

Podemos enseñar a nuestros hijos a ser pequeños guías, sus mismos maestros sanadores. Les podemos mostrar como amarse, sanos o enfermos, pues ambos polos son positivos en su crecimiento. Podemos instarlos a escucharse y a aceptar también los límites que les puede reportar un cuerpo físico que enfrenta dificultades. Aún más, es posible invitarlos y ayudarlos a modificar actitudes y emociones que de adultos, cristalizan en nuestro corazón y nos llevan a depresiones y rencores mucho más profundos.

Por último, de esta visión se desprende también una consecuencia tremendamente importante: no existe una terapia que sea mejor que otra para una enfermedad en particular. Cosa que es una preocupación muy común en los padres. La mejor terapia siempre va a ser aquella que genera la confianza y la seguridad para que el paciente – y sus padres o acompañantes significativos- abran su corazón y se dispongan a tomar el camino de la autosanación. Teniendo eso por delante, autosanación y autoconocimiento son las dos caras de una misma moneda, en un ejercicio vital que puede partir en la infancia temprana.

 

Andrea Saunier S. 
Fundadora de Angelitodemiguarda*. Equipo Criamor
Twitter: @ASaunier

Acerca del autor

Mujer, madre, escritora y periodista. Enamorada de la vida y de un principito de rizos dorados. Amante de los libros, Valparaíso y el buen vino. Activista eterna por los derechos de las mujeres y los niños. No me gustan los extremismos, aceptar al otro como legítimo otro es mi lema de vida, ayudarnos a ser conscientes y relacionarnos con amor es mi misión. Autora del libro ¿Cómo construimos lo que somos? Memorias y olvidos de los italianos en Valparaíso. Expositora en Congresos y simposios sobre migraciones y reconstrucción de historias de vida/biografías. @jbruna jenny@mamadre.cl

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