Como ser un ‘buen’ papá

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Ser padres es como la primera clase de canto, pienso, como el primer día de colegio. Pero un primer día que se repite una y otra vez: todo es nuevo, no conozco el ambiente, los otros son nuevos, yo soy nuevo con los otros, las profesoras son nuevas, las maneras son nuevas, los gestos son nuevos, las angustias reaparecen (y no dejan respirar). Y si uno lo piensa, en ese contexto, es imposible ser buenos, ni siquiera se aspira a ello.
Por Javier, psiquiatra/psicoterapeuta. Papá de Amanda y Eloisa

​Quiero escribir algo bueno para Mamadre sobre cómo ser un buen padre. Porque hay un lado mío que se cree buen papá, buen terapeuta, buen escritor, y muchos etc. Pero no es desde ahí que siento y creo que tengo que hablar, sería plano, le faltaría ese algo que hace que sea imposible que el otro lo pueda “hacer carne” (lo podrá “hacer cabeza”, lo entenderá e intentará copiarlo, pero carne, no, eso es más complejo).
​Asi que pretendo hablar desde otro lugar, no desde el “buen –algo-”, sino desde otro espacio escondido dentro de mí, del cual si bien es difícil hablar, se siente una soltura y libertad extraña al estar ahí. Para eso, primero, necesito hacer caso omiso a esa presión por ser bueno: buen alumno, buen padre. Es difícil sólo ser sin pretender, quizás ese es el gran mensaje: ¡SER!.

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​Lo intento e inmediatamente me aparecen miedos tremendos: y si en ese ser tan libre golpéo a mi hij@. ¡No, no puedes poner eso en un artículo para Mamadre: tiene/tienes que ser bueno!

Es agotador, otra vez ese alumno destacado. Es como una suerte de carga pesada y permanente esto de ser “buen –algo-”, no me permito solamente ser.
Soltemos por un momento el miedo a los extremos (extremismo), ese extremo de que si somos del todo así de libres nos transformaremos en violadores o golpeadores (en algún sentido ya lo somos con nosotros mismos). Soltemos ese miedo, dejémoslo ir, soltemos a quien trae ese mensaje y nos aparece en la cabeza (mi madre psicoanalista diciendo “ah, cuidado, no dar tanta libertad…”, besos a ella). Y escuchemos. Escuchemos sin necesidad de ser “buen –algo-”.
¿Cómo es esa casa interna donde entra y sale el aire que respiro?
¿Es acogedora o oscura, chica o grande, luminosa o más bien un desván?
Empecé a hacer clases de canto hace poco (algo que había postergado hace mucho), con susto. Tuve que cantar en la primera clase. La profesora me hizo cantar para verme, para conocerme, para ver “qué traía”. Canté bajito, con miedo (ese miedo a embarrarla, a desafinar, a no ser ese “buen –algo-”; ese miedo es desde donde golpeamos o violamos, en sentido amplio, creo yo). Canté bajito.
La profe me dijo que tengo que re-aprender a respirar: “estamos sacando telarañas, cajas olvidadas, guardadas de la última mudanza” me dijo. Eso es lo que uno hace en terapia, pienso. Eso hace uno también en casa, en la propia interna, y en la externa con nuestros hijos: re-aprender a respirar, a inspirar y espirar, uno saca telarañas de un desván poco habitado. Y salen sapos y culebras. Y nos da miedo. Y entonces uno trata de “hacerse el loco” y finge que es un “buen padre”. Quizás efectivamente la locura tiene que ver con “hacerse el buen padre”.

Me es tan difícil hablarles desde esa casita interna que respira, que está re-aprendiendo a respirar, y a cantar. Desde esa casita intuyo que sale una música deliciosa, amorosa, loca a veces (no la locura de parecer, sino de ser), tierna como los cachorros. Una melodía que nada sabe de miedos o corduras, o de cómo amarrarse los zapatos. Una música veloz, frágil y tímida como mi canción en mi primer día de clases de canto.


Ser padres es como la primera clase de canto, pienso, como el primer día de colegio. Pero un primer día que se repite una y otra vez: todo es nuevo, no conozco el ambiente, los otros son nuevos, yo soy nuevo con los otros, las profesoras son nuevas, las maneras son nuevas, los gestos son nuevos, las angustias reaparecen (y no dejan respirar). Y si uno lo piensa, en ese contexto, es imposible ser buenos, ni siquiera se aspira a ello. En ese contexto uno protege su casa interna para que no se llueva. Uno lo que quiere es sobrevivir, saber que no se va a ahogar… a hogar.

Ahí, en ese primer día de clases, despídanse de sus padres, mírenlos desde dentro de la ventana como  se alejan, tírenles besitos como lo hace mi hija Amanda en las mañanas. Díganles que van a estar bien, que ya no se ahogaron, que están respirando (que siempre supieron cómo hacerlo), que la casa no se llueve. Díganles que pronto les va a tocar a ustedes ser padres, y que pueden serlo porque ya pueden quedarse en el primer día de colegio tranquilos, respirando.
Y ahora, como padres, miren a sus hijos despidiéndose por la ventana, olviden la hora (a mi me cuesta), transmítanles que no hay necesidad alguna de ser “buen –algo-“, y sientan que son los peores padres del mundo, y que eso está bien, permítanselo (yo me lo permito poco, por eso me enojo conmigo, con otros), y así veremos que todos somos igual de malos como padres, que a lo poco que podemos aspirar es a…
Se me fue la idea, no sé cómo terminar esa frase, ni la más mínima idea. Me caen lágrimas desde que escribí lo de la Amanda (me imaginé yo de niño despidiéndome de mi yo de grande y de mi padre a la vez; y luego yo de grande despidiéndome de mi yo de niño y de la Amanda a la vez). Lo siento, quizás todo lo que puse entre medio fue medio dopado, quizás no, da igual.
Que mal escritor de columnas soy, y sonrío…

 

Acerca del autor

Equipo de columnistas y colaboradores ocasionales de Mamadre.cl

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