10 principios del yoga que salvarán tu vida de madre

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Hoy caminé luego de mi clase de yoga y me quedé con una mezcla de emociones conocidas. La clase estuvo a ratos exigente, y aunque me esfuerzo por concentrarme sólo en mí misma, tengo que confesar que más de alguna vez no he podido evitar mirar a las otras compañeras de práctica, ya sea para cerciorarme de que estoy intentando cierta postura como corresponde o para saber si a ellas les cuesta tanto como a mí lograr tal o cual equilibrio o comparar mi escasa capacidad de elongación que poco y nada mejora con el tiempo. A veces me frustro, otras veces me motivo a superarme más. Otras veces no miro a nadie y es como si estuviera sólo conmigo y me sorprendo de lograr cosas que antes no me resultaban. Otras veces sólo fluyo y respiro, en un intercambio tan armónico como agradable, dejándome llevar por mi cuerpo y hasta donde éste quiera y pueda llegar.

Y ahí voy caminando de vuelta y descubro que todas estas sensaciones que me transitan durante la clase son TAN parecidas a las ideas y emociones que me recorren como madre.

Y es que el yoga tiene algo de esto… Esto de ser algo rico, algo que hago voluntariamente y por placer, pero que muchas veces requiere un esfuerzo mantener la intención y la constancia y me veo haciéndolo más como obligación. A veces preferiría quedarme en camita regaloneando con la Elo, y muchas veces lo hago, pero otras me activo en romper la inercia y parto… y luego lo agradezco, porque me hace tan bien!

Ambas tareas, maternidad y práctica de yoga comparten también esa sensación que experimento cuando luego de varios intentos, después de mucho trabajarme, de mucho mirarme, creo que he logrado una postura en perfecto equilibrio, y va instalándose una sensación de logro y de triunfo muy satisfactoria, y pum! ésta se esfuma rápidamente al darme cuenta que en realidad estoy chueca, o que si bien mi tronco y brazos están bien, mis manos y pies miran hacia cualquier parte… o sea hay que seguir trabajando.

Y esa es la trampa también, que como siempre hay varias maneras de lograr las cosas, puedo tropezar en la auto-inconformidad y auto-exigencia de seguir y seguir perfeccionando… y perderme esas a veces cortas pero enormes y adictivas sensaciones de placer, de logro, de sentirme fuerte, potente, capaz y poderosa.

A veces en clases veo cómo puedo caer tan fácil y automáticamente en la auto-imposición de tener que hacer las cosas bien a la primera, perdiéndome tantas cosas por fijarme más en lo que falta que en lo que tengo… tal cual me pasa a veces con mis hijas y en el acompañamiento de sus procesos….

En cambio otras veces, aún consciente de mis chuecuras y rigideces hago las posturas con tantas ganas que las siento y disfruto en toda su perfecta imperfección y sólo fluyo, y sin siquiera intencionarlo voy aprendiendo tanto… como aquellas veces en que sólo me dejo ser con mis niñas, dejándolas entonces ser a ellas, y nos amamos con locura, con todas nuestras fallitas, y nuestros desaciertos no son tema sino parte de un todo que honro y agradezco.

A pesar de ser un camino tan personal en cada persona, está siempre la tentación de compararse, ventajosa o desventajosamente y nada tiene menos sentido, porque cada cuerpo es tan diferente, único e irrepetible, cada uno tiene sus recursos y dificultades, cada uno tiene su propia velocidad y ritmo, y aunque la instrucción de la clase sea la misma para todas, cada una la recibirá y ejecutará desde sus propias posibilidades y para cada una tendrá además un efecto diferente y no predecible ni siquiera por la que más sabe ni por quien se haga llamar maestro incluso. Asimismo ocurre en la labor de crianza: cada mujer es la mejor experta en sus hijos, aunque muchas veces no lo sepa, cada una tendrá su mix de fortalezas y debilidades y si bien uno puede buscar asistencia en voces de autores, terapeutas, amigas, el modo en que yo practique mi maternidad tendrá un sello absolutamente personal y mis hijos no son iguales a los de ninguna otra mujer.

También en esta analogía se me viene a la cabeza estar atenta a poder distinguir entre sostener una postura versus sólo aguantarla por el tiempo exigido, con el riesgo luego de claudicar de golpe y caer “como saco de papas”. Sostener en conciencia me permite conocer mis límites y protegerme, saber hasta dónde puedo esforzarme sin sacrificar mi integridad sólo por logros momentáneos. Me ha ido pareciendo que es mejor parar cuando el cuerpo lo pide, más allá de la frustración o reacomodación de expectativas, habrán muchísimas otras oportunidades para reintentar esa difícil posición. Con mis hijas esto se traduce por ejemplo en cuando a veces ya no puedo sostener mi disponibilidad de buena manera y la paciencia amenaza con acabarse, siempre es mejor retirarse un poco y pedir apoyo, un time-out para mí y volver con una nueva disposición.

Veo como también esta práctica me muestra mi dificultad para relajarme, lo difícil que se me hace dejar de pensar y sólo observar(me) y sentir(me) sin juicios, algo que me tiende a pasar también en la vida en general.

Se me ocurren varios otros tips para tener a mano en mi mente estos días, que me van haciendo sentido en mi maternidad y en mi mat:

– El equilibrio absoluto es sólo un estado transicional, precario, es más bien una ilusión, tal como lo es la perfección. La manera como nos dispongamos a mirar y a vivir nuestros procesos es lo que nos devolverá la real sensación de satisfacción y armonía, más allá de lograr o no la estabilidad exacta.

– Qué importante tomar consciencia de nuestros movimientos y posturas, en todo sentido, corporal, mental, emocional, interpersonal. Esto nos protege de sobrecargarnos, de ser transgredidos o violentados en nuestra integridad. Nos lleva a un respeto y amor a nosotros mismos que lo más probable es que derive en amor y respeto a los demás.

– Compararse no aporta mucho, la mayoría de las veces sólo resta energía y foco. Soy única y la mejor madre que mis hijas podrían tener. Esto vale también en relación a las otras mujeres que veo a mi alrededor, a estar atentas a no caer en criticar estilos diferentes al mío, uno nunca está en la vida ni en el cuerpo del otro y ninguna manera es mejor que otra si se hace en consciencia y amor.

– Recordar que siempre se avanza, aunque a veces parezca estancada, poco a poco el cuerpo y la mente van incorporando maneras, lentamente se va forjando una curva de aprendizaje, como un espiral que asciende pausadamente pero sin detenerse. Es importante detenerse cada cierto tiempo y valorar lo que hemos recorrido, ya que a veces en el esfuerzo de estar siempre “cumpliendo” no nos damos cuenta de la gran tarea y aprendizaje que hemos construido.

– En muchos aspectos de nuestro crecimiento personal, no hay quien pueda dictar clases, sólo quien nos acompañe en nuestra práctica . Nadie me conoce mejor que yo misma. De los consejos e instrucciones de “expertos” tomar sólo lo que realmente me haga sentido.

– Valorar las diferentes capacidades, a veces puedo quedarme en mi falta de flexibilidad y no valorar mi capacidad de equilibrio por ejemplo, o al revés. O puede faltarme entrenar más mi equilibrio, pero tengo mucha fuerza y entonces puedo aprovechar eso para lograr ciertas metas en vez de quedarme lamentando mis vicios posturales por ejemplo. Mirarme con indulgencia, observarme es diferente a vigilarme o supervisarme…

– Mantener presente la distinción entre esforzarse y sacrificarse. A veces ciertas posturas requieren una inversión de energía, de tiempo que cuesta, pero al menos para mí, esto dista de tener que abnegarse y perderse en la conquista de la meta.

– El valor de los errores como parte del proceso de aprendizaje, lo importante que es mirar atrás y valorar toda la experiencia que hemos transitado, lo hiciéramos así de nuevo o no todo lo que hemos hecho ha permitido tener lo que tenemos hoy.

-La importancia del descanso! Creo que no es casualidad que la profesora nos inste a descansar en balasana, postura del niño. Luego de una postura o escenario que haya requerido mucha inversión de energía se hace absolutamente necesaria una pausa que reponga las fuerzas, y qué mejor que hacerlo descansando como un niño, bajando los hombros, bajando las defensas, eliminando la tensión y percibiendo nuestra respiración…quién no lo necesita a veces en la ardua jornada de labores maternales?

– El valor de la gratitud, como luego de cada clase nos agradecemos a nosotras mismas por este espacio de autocuidado, a quien guía la práctica por compartir sus conocimientos y al resto del grupo por estar ahí juntas me hace pensar también en lo importante de agradecer las presencias que nos acompañan física, emocional o espiritualmente en nuestra maternidad. Esa tribu que está ahí, esa amiga hermana que a veces está más cansada que una misma, pero que aún así acompaña y hace más dulce el camino.

Pienso que toda práctica en la vida puede hacerse más desde el deber o desde el placer, me puedo tomar la vida misma más desde la cabeza o desde el cuerpo, en cada desafío puedo tender a sentirme predominantemente estancada o en permanente avance. Esto es un tema que he estado pensando harto últimamente, así como también poder discernir qué cosas estoy haciendo por real deseo y cuáles motivadas más por cierto compromiso u obligación. Cuando uno ha sido buena para cumplir sus deberes y esto ha traído reconocimientos y parte de nuestra construcción de identidad se ha alimentado de estas gratificaciones es fácil seguir funcionando así. No es que se pase mal, de hecho se pasa bastante bien, pero la experiencia está siempre muy marcada por también sentir que las cosas se están haciendo bien y creo que el riesgo es ir desconectándose de lo que realmente deseo hacer y poder hacerlo sin que me importe mucho si está bien o mal, sin que de hecho esto sea siquiera un tema, porque hay tantas cosa que sólo se hacen…no hay evaluación posible, sólo se viven, sólo se sienten.

Probablemente hay actividades en que se mezclan ambas sensaciones, el deseo y el deber, el placer y la obligación. Disfruto estar con mis hijas, pero a la vez es mi deber cuidarlas. Me cuesta levantarme para hacer ejercicio, pero cuando lo estoy haciendo lo disfruto.

Creo que en gran parte está en mis manos decidir cómo me dispongo: aunque a veces haya cosas que constituyan deberes decido disponerme desde el gusto y desde el deseo si es que así lo siento.

Aunque a mi cabeza le cuesta detenerse y ceder el control, me propongo disponerme a bajar la guardia mental y trabajar la integración con los mensajes que me entrega mi cuerpo. Quiero estar atenta a reconocer la aparición del deseo en mí. Como me dijeron el otro día: lo deseo….lo hago! (…y lo pienso menos…)

Más conexión con nuestros deseos es lo que quisiera para todas las mujeres, esos deseos de guata, esos que a veces ni siquiera encuentran palabras, esos que nos mantienen vivas…

Namaste!

Acerca del autor

Dra. Soledad Ramírez G. Mujer en crecimiento-Mamá de dos niñas. Psiquiatra-Psicoterapeuta-Círculos de Maternidad (Maternidad Antuyoga) Atención de adultos. Dedicación a mujeres en etapa de gestación, puerperio y crianza. www.centrosermujer.cl soledadramirezg@gmail.com

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